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Una de mis mayores amarguras (Roberto Benedetto - Argentina)


Empezaba el Mundial 78 y sentía una mezcla de euforia, ansiedad y desazón a la vez. Desde pibe había soñado con ver un mundial y se hacía realidad. Tenía en mi poder el paquete de 7 entradas que me habilitaba a presenciar los 6 partidos en la Subsede Rosario y la final en Buenos Aires. Ver esta clase de eventos, hoy es una posibilidad cierta y accesible para mucha gente. Tiempo atrás era imposible para la gran mayoría y a eso se le agregaba la falta de adelantos técnicos que hoy existen en cuanto a lo que ofrecen la TV, pantallas gigantes, cines, etc.

Eran tiempos de dictadura y el país atravesaba una de las peores etapas de la represión. El gobierno militar acentuaba la presión y mentiras propagandísticas para ocultar lo que en el exterior era sabido y aquí se tapaba o ninguneaba. En ese contexto, llegaba el Mundial con la Argentina de Menotti a la cabeza. En la etapa de preparación, se habían prohibidos las ventas al exterior de los jugadores seleccionados y los medios periodísticos no podían opinar en contra so pena de sufrir serias consecuencias.

El entusiasmo inicial que tenía, comenzaba a desinflarse ya que como muchos argentinos en esa época, veía y me enteraba de situaciones terribles, difíciles de imaginar contra compatriotas, en muchos casos amigos, vecinos, compañeros de estudios y trabajo. Dolía la negativa de muchos en reconocer lo que se vivía y el “por algo será” empezó a ser el cobarde latiguillo que se fomentaba desde las altas esferas de la dictadura hasta el más humilde de los argentinos.

Así comenzó el evento y empecé a sufrir una lucha interna que me costó horrores poder manejarla. Hinchaba por el seleccionado nacional pero me dolía la anestesia que cubría a la mayoría de la gente. Ganaba la selección y me molestaba la alegría de todos los que salían a festejar con miles personas buscando a familiares desaparecidos. Por otro lado, sentía bronca por el técnico albiceleste de quien hubiera esperado alguna posición más jugada de acuerdo a lo que siempre pregonó. De los jugadores no se podía esperar nada, generalmente y en esas circunstancias mas todavía, no son afectos a inmiscuirse en temas sociales.

Pasó la primera fase y Argentina se clasificó para la segunda. El destino hizo que por salir segunda en su grupo fuera a Rosario, justo donde yo tenía las entradas compradas. Concurrí al primer partido versus Polonia con ese sentimiento dual que me atosigaba: que gane, que pierda, que gane, que pierda. Todo un suplicio! Estaba en el estadio con una posición muy egoísta: quería que todos tuvieran la misma bronca que yo tenía contra la Junta Militar. Y pensaba que cuando entraran los comandantes al palco, una tremenda silbatina los recibiría y entonces me sentiría reconfortado hasta unificar mis deseos en uno solo: que gane Argentina.

No fue así, no hubo rechifla o abucheo generalizado y hasta fui observado con severas miradas de mis ocasionales vecinos de platea, ante mis gruesos insultos a los generales. No obstante, esperaba ilusamente que durante el transcurso del partido la muchedumbre replicara con el grito popular de “se va acabar, se va acabar, la dictadura militar”. Nada de eso ocurrió, tuve la sensación de estar en la tribuna de nuestros rivales de Arroyito siendo hincha de Newell’s, era un extraño entre 40.000 personas que pensaban distinto.

A partir de ese momento ya no había dudas, quería que el seleccionado pierda, que el pueblo argentino no goce con un triunfo futbolístico. Me sentí muy mal de pensar así pero cuando lo razonaba, sentía una paz interior.

Entonces, no fui al partido con Brasil -regalé la entrada que cotizaba fortuna- y concurrí a última hora al juego con Perú creyendo que después del resultado de los brasileros, Argentina quedaba afuera. Quería ver a los comandantes irse con la cabeza gacha.

Triunfó el seleccionado local en un partido muy sospechado y solo quedaba la final. Me torturaba la idea de ver a la Junta Militar entregando la Copa y los jugadores argentinos recibiéndola como si nada. Me costaba alinear mi bronca y sentirme rarísimo al querer que gane Holanda. Siempre esperé ver una final con Argentina jugándola y resulta que no quería presenciarla y además que pierda, un horror!

En esa oportunidad vendí la entrada y llegado la hora del encuentro me interné en un hotel tratando de estar ausente del clima que se vivía. Ciento veinte minutos que fueron un siglo, los gritos igual se colaban en la habitación y mi corazón latía a mil. Esa sensación solo la viví después en el tiempo con los penales en la final de América de Newell’s con el San Pablo. Terminó el partido y la gente salió a festejar. Miles y miles de personas que iban al Monumento a la Bandera con sus banderas y bocinazos.

Salí del hotel y sentí como si me hubiera aplastado un elefante. Lloré de impotencia, recordé cuando pibe deseaba llegar a esta instancia y en ese momento odiaba como se dio. Así como nunca más pude ver imágenes de la final de Ñubel en Brasil, tampoco ví ni lo haré seguro, nada que tenga que ver con el Mundial 78. Por razones muy distintas pero con el mismo sentimiento: impotencia, tristeza, amargura, rabia.

Casi 3 años después, previo a la Semana Santa, mandé una carta -manuscrita entonces- a Osvaldo Ardizzone, prestigioso periodista de la revista “Goles”. Me encontraba sin trabajo ya que me había fracturado una pierna jugando al fútbol y mis tareas eran independientes. En la nota le contaba mis vivencias sobre el Mundial y Ardizzone tuvo la deferencia de dedicarme un cuento sobre las Pascuas tomando como base mi relato. En ese momento de malaria en mi vida, leerlo fue una bendición. El final de mi carta había sido “Chau, Felices Pascuas” cuando ese saludo tenia otras connotaciones!

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