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El día del arquero

“A los penaltys que tan bien parabas
acechado tu acierto,
nadie más que la red le pone trabas
porque nadie ha cubierto
el sitio, vivo, que has dejado, muerto”. 

El poeta español Miguel Hernández jugaba de volante, pero su poema futbolístico más conocido se lo dedicó a un arquero, a “Lolo, portero del Orihuela”. El poeta escribió también el himno del equipo que fundó en Orihuela, su pueblo natal. “Vencedora surgirá / la terrible y colosal Repartiora”. En La Repartiora (así llamada porque todos tenían algo para repartir), Hernández, que tenía unos quince años, era “Barbacha”, porque su juego lento hacía recordar a unos caracoles pequeños. 

Su padre no lo quería ni cura ni escritor y lo obligó a que cuidara las cabras. De poeta pastor de Orihuela y su amigo católico Ramón Sijé (“compañero del alma, compañero”), Hernández, mudado a Madrid, pasó a poeta comunista y miliciano. Cavó trincheras y dio aliento con lecturas a los soldados en el frente. En 1942 tenía apenas 31 años. Murió tuberculoso, hacinado y hambriento en las cárceles franquistas, donde las ratas cagaban en su cabeza. 

Hace unos meses, el Tribunal Constitucional de España rechazó un pedido de la familia, de que se declarara nula la condena a muerte que le había decretado el franquismo en juicio sumarísimo. Los jueces ni siquiera le han permitido ahora reparar su honor. Sí lo hizo Jaén y su nuevo himno en 2013, que llevará la letra de uno de los poemas más célebres que Hernández escribió en plena Guerra Civil española: “Andaluces de Jaén / aceituneros altivos / decidme en el alma: ¿quién / quién levanto los olivos?”.

Lolo Sampedro, el arquero hecho poema por Hernández, muere al chocar contra un poste (“¡Ay fiera! En tu jaulón medio de lino / se eliminó tu vida”). El puesto del arquero fue siempre el más literario del fútbol. Más aún desde que la modernidad renunció a los wines, un puesto de locos, de Garrinchas y Housemans. “Oh Platko, Platko, Platko”, escribió en 1928 Rafael Alberti. El poeta español dedicó una célebre oda al arquero húngaro deBarcelona, Franz Platko, héroe en una final de Copa frente a Real Sociedad, porque volvió al campo con seis puntos de sutura y un vendaje aparatoso, tras recibir una patada brutal en la cabeza. 

El arquero más mítico de la propia España fue “El Divino” Ricardo Zamora, estrella de Real Madrid. Fue detenido por milicianos descontrolados porque, además de atajar, Zamora escribía artículos en el diario católico “Ya”. Zamora casi muere fusilado en la cárcel Modelo de Barcelona. Le salvó la vida, contó alguna vez su hijo, un miliciano que lo reconoció. Se refugió en la embajada argentina, hasta que el torpedero con bandera argentina “Tucumán” lo llevó hasta Francia. Su larga permanencia allí, paradójicamente, enojó luego al franquismo, que sospechó de él a la hora del retorno y hasta llegó a detenerlo algunos días. Quedó un dicho famoso, síntesis de que era garantía de seguridad: “Uno cero y Zamora de portero”. Lo contrario sucedió más de medio siglo después con Luis Miguel Arconada, a quien se le escapó infantilmente una pelota en un tiro libre de Michel Platini que dio un recordado triunfo a Francia en la Eurocopa de 1984. Su error provocó otro dicho célebre: “Ay Dios, ha hecho una Arconada”.

Tremendo error de Luis Miguel Arconada en la final de la Eurocopa de 1984. 
Minuto 57, tiro libre de Michel Platini, Francia 1 - España 0.

Es así. El arquero es el puesto más expuesto del fútbol. De Tarzán se pasa al ridículo. “Una difícil regulación de la autoestima”, me dijo alguna vez un psicólogo que atendió arqueros. Son los únicos que visten distinto y pueden usar las manos. Grandotes y hasta goleadores como José Luis Chilavert o extravertidos como Hugo Gatti o René Higuita, los arqueros suelen ser los futbolistas favoritos de los escritores. “Bien podría ser llamado mártir, paganini, penitente o payaso de las bofetadas”, escribió Eduardo Galeano. “La segunda muerte de Barbosa”, tituló un diario el 8 de Abril de 2000, al día siguiente del fallecimiento del primer arquero negro de la selección de Brasil. La primera ‘muerte’ había sido la de su error en el Maracanazo del Mundial 1950. Y eso que todavía no había TV como ahora, de 24 horas sobre 24. Imágenes que repiten y repiten goles, no atajadas. 

Moacir Barbosa comienza a pagar una condena que sería eterna

Cuando los arqueros dominan la escena, es por algún ridículo. Como le sucede hoy mismo al gran Gianluigi Buffon en Italia, señalado por sus errores en la derrota de Juventus ayer 2-0 contra Bayern Münich. La TV, en realidad, suele regodearse ya no ante el simple error humano, sino frente al exceso de confianza, el del superhombre derrumbado por el error infantil. ¿Cuántas veces se exhibieron en estas horas algunas torpezas del hoy encarcelado Pablo Migliore, como la del gol del Racing-Colón en el que sacó rápido, la pelota pegó en la cabeza del ‘Bichi’ Fuertes y se le metió en el arco? “En el puesto de los bobos -solía decir Hugo Gatti- yo soy el más vivo”. “El día del arquero”, sabemos, no es un homenaje; es el día que no llegará nunca.

Albert Camus fue arquero del primer equipo de la Universidad de Argel (R.U.A.). El Premio Nobel de Literatura de 1957 se hizo arquero de niño porque era el puesto en el que las zapatillas le duraban más. Aprendió a moverse siempre a último momento. Hoy no podría hacerlo porque las pelotas, pobres arqueros, son cada vez más livianas y traicioneras. Pero la zapatilla casi intacta evitaba a Camus el reto a latigazos de la abuela. ¡Cómo no citar la frase con la que, más que al fútbol, Camus buscó acaso reivindicar lo mejor del deporte!: “Porque, después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de la moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”. Más crítico, en cambio, fue siempre Umberto Eco. Algunos interpretaron que su mirada dura hacia el fútbol se debe a que, de niño, como nunca fue bueno, lo mandaban al arco. Cuando éramos niños, los malos iban al arco, salvo que fueran los dueños de la pelota. Puesto también de los más gordos, el arco dejó las bromas y pasó a ser un drama cuando en 2009 el arquero alemán Robert Enke, que todavía aspiraba a jugar el Mundial de Sudáfrica, se tiró debajo de las vías de un tren. Nueve futbolistas se habían suicidado antes en la Argentina en los últimos años. Cinco de ellos eran arqueros. Ocupaban el puesto más solitario y extremo. “El más ingrato del fútbol”, como lo llamó una vez Amadeo Carrizo.

Amadeo Carrizo cortando un centro con una mano

Hay numerosos ejemplos que se contraponen al supuesto modelo del "arquero bobo". Arqueros que analizan y se convierten en técnicos (habitualmente cautelosos). Arqueros lectores. Y arqueros poetas. Me quedo con Américo Tesorieri, seis veces campeón con Boca de 1919 a 1926, 37 veces selección argentina. Admirador de Quinquela Martín y amigo del Gordo Troilo, “Mérico” decidió escribir “poemas indigestos para matar el tiempo, antes de que el Tiempo me mate a mí”. En “Jonedick” recordó los viejos Boca-River en la isla Demarchi, con sus canchas separadas por un par de cuadras. En “Imploración” pidió a Dios: “¿No podrías darme por unos domingos mi perdida juventud?”. Y en “Ocaso” escribía: “Escuchemos, querida, por radio el partido/ está muy fría la tarde y más frío el olvido”. “U.S.A.” cita a Abraham Lincoln, Walt Whitman, Tomas Edison, Jack Dempsey, Babe Ruth, Bessie Smith y Louis Armstrong, entre otros. Pero el homenaje del poema no es para ellos. “No/ fue solamente porque alumbró mi feliz infancia/ con madre, padre y siete hermanos más/ una humilde lámpara de querosén/ acogedora luz, acariciadora luz, amorosa luz/ Se llamaba “Miller” y era de reluciente níquel/ con palabras enigmáticas, jeroglíficas, incomprensibles/ “Made in USA”/ pequeña lámpara, amiga nuestra/ es por ella mi querencia y deslumbramiento/ ¡Oh, U.S.A.!”

(artículo de Ezequiel Fernández Moores publicado el 2 de Abril de 2013 en el suplemento "Cancha llena" del Diario "La Nación")

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Ladislao Mazurkiewicz [1945-2013]


En la mañana de hoy, 2 de Enero, falleció el ex arquero de la selección uruguaya y de Peñarol, Ladislao ‘Chiquito’ Mazurkiewicz. 

‘Mazurca’ fue uno de los más grandes arqueros que diera nuestra América, considerado el mejor portero del mundo en la década del ’60, campeón de la Copa Libertadores y de la Intercontinental con los aurinegros en 1966 y ese mismo año fue el arquero de Uruguay en el Mundial de Inglaterra, lo cual repitió en México 1970, cuando los celestes obtuvieron el cuarto puesto.

Días pasados, otro gran arquero uruguayo y que sucediera a Mazurkiewicz en el arco de Peñarol, Fernando Álvez, contó una anécdota en su cuenta de Twitter que pintó de cuerpo entero la personalidad del portero ‘carbonero’: “Les voy a contar una anécdota increíble de Ladislao antes de jugar contra Inglaterra en el Mundial de 1966. Ambos equipos debían subir al palco a saludar a la Reina, que aún vive. Primero los ingleses y seguido Uruguay. Era reverencia a la Reina frente a ella y la mano al marido que estaba a su lado como siempre. Tengan en cuenta que 10 minutos después iba a empezar el partido, cuando ‘Chiquito’ queda frente a la Reina, le hace la reverencia y da un paso, le extiende la mano al marido de la Reina Isabel y, cuando éste le da la mano, ‘Chiquito’ le dice: “Vos sí que estás pintado” y siguió su camino. Sus compañeros no lo podían creer. Dicen que eso sirvió para que alguno de ellos aflojara la tensión que el partido provocaba”.

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Una historia de fútbol y Navidad


La Primera Guerra Mundial había empezado en Junio de 1914 y enfrentó a los imperios alemán y austro-húngaro, más el otomano, con el resto de los países europeos. Ese mismo año, en el frente occidental de la guerra, se había demarcado una franja de territorio (línea según el mapa) por unos cuantos kilómetros en Francia y Bélgica, hacia cuyos lados estaban los dos bandos (alemán por uno, británico-francés por otro). 

Se le dio en llamar “La Tierra de Nadie”, y no tenía más de cincuenta metros de ancho. En esa misma franja de territorio se desarrolló por tres años la Guerra de Trincheras, una serie de ataques de uno y otro bando, hasta que Estados Unidos entró en guerra (1917) para torcer el conflicto en favor de los aliados. 

Lo cierto es que para Diciembre de 1914 habían aparecido algunos movimientos pacificadores, promovidos por un grupo de mujeres británicas y también por el Papa Benedicto XV. Mientras tanto para fines de mes, en la región de Ypres (Bélgica), del lado de la trinchera alemana, los altos mandos de este ejército habían mandado distintos adornos con los que adornar los arbolitos de Navidad y también distintas provisiones (a modo de regalo y de motivación) para los hombres de la guerra, como chocolates y cigarrillos. 

Los soldados alemanes pretendían, en su fuero íntimo, pasar aunque sea una Navidad en paz en medio del horror de la guerra, igual que los ingleses y franceses. ¿Pero cómo expresar este deseo sin que se enterasen los generales? En la gélida madrugada del 25 comenzaron a decorar los arbolitos (más luces que “arbolitos” dadas las condiciones), en señal amistosa, ante la sorpresa inicial de los soldados enemigos. Ya por la mañana del 25 empezaron a cantar distintos villancicos como "Noche de paz, Noche de Amor". 

Los soldados ingleses y franceses, apostados en sus trincheras, al ver lo que ocurría del otro lado, soltaron banderas blancas en tren de paz y comenzaron a caminar lentamente hacia la Tierra de Nadie. Y así ambos bandos fueron caminando en direcciones opuestas y se fueron encontrando cara a cara. Las armas habían quedado a un lado, aunque sabían -muy a su pesar- que esos mismos que ayer eran enemigos, en pocos días volverían a serlo. 

El encuentro en aquella Navidad nevada fue de abrazos y reencuentros, y de cantar juntos las canciones navideñas. También se intercambiaron regalos (cigarrillos, chocolates y alcohol; gorros y botones) y enterraron a los caídos que no habían recibido sepultura, en un emotivo homenaje. Y jugaron un partido de fútbol también, o varios según las crónicas. Lo cierto es que en medio de aquel frío no se sabía bien los límites de la “cancha”, usaron los buzos (pese al frío) como palos y ni que hablar que no había jueces. Podía jugar cualquiera, no importaba su origen, y cuando un hombre caía al suelo -resbaladizo- venía otro a levantarlo. El “partido” terminó cuando apareció un soldado para testimoniar el hecho, y según dicen terminó con victoria alemana por tres a dos. 

El soldado que dio cuenta de este suceso fue el alemán Johannes Niemann, y así lo inmortalizó en una de sus epístolas: “Un soldado escocés apareció cargando un balón de fútbol; y en unos cuantos minutos, ya teníamos juego. Los escoceses hicieron su portería con unos sombreros raros, mientras nosotros hicimos lo mismo. No era nada sencillo jugar en un terreno congelado, pero eso no nos desmotivó. Mantuvimos con rigor las reglas del juego, a pesar de que el partido sólo duró una hora y no teníamos árbitro. Muchos pases fueron largos y el balón constantemente se iba lejos. Sin embargo, estos futbolistas amateurs a pesar de estar cansados, jugaban con mucho entusiasmo. Nosotros, los alemanes, descubrimos con sorpresa cómo los escoceses jugaban con sus faldas, y sin tener nada debajo de ellas. Incluso les hacíamos una broma cada vez que una ventisca soplaba por el campo y revelaba sus partes ocultas a sus ‘enemigos de ayer’. Sin embargo, una hora después, cuando nuestro Oficial en Jefe se enteró de lo que estaba pasando, éste mandó a suspender el partido. Un poco después regresamos a nuestras trincheras y la fraternización terminó. El partido acabó con un marcador de tres goles a favor nuestro y dos en contra. Fritz marcó dos, y Tommy uno”

Esta tregua navideña, que en algunas partes del frente duró hasta fin de año y en la que se vieron envueltos hasta cien mil hombres, se dio en llamar la "Tregua de Navidad". Luego hubo algún otro atisbo de tregua durante los tres años posteriores en que duró el conflicto, pero ninguna tan importantes como esta. Los altos mandos de ambos ejércitos -entre ellos Adolf Hitler- montaron en cólera cuando se enteraron del hecho, y juraron vengar a los principales promotores de la tregua, además de asegurarse en los años venideros generar un conflicto en estas mismas fechas, aunque fuese “inventado” por ellos mismos. También intentaron borrar cualquier prueba de los acontecimientos, quemando cartas y coartando a la prensa; sin embargo, para principios de 1915 ya los diarios británicos daban cuenta de algunas cartas y fotografías que algunos soldados habían mandado a sus familias contando los hechos tal cual fueron. 

Hoy en día, en Ypres, hay una cruz que recuerda aquella efímera pero sentida paz navideña. Para la humanidad siempre ha sido uno de los episodios más esperanzadores en medio del odio y un acto de fe en el ser humano a pesar de estar en las peores circunstancias. Igual que para Paul McCartney, que les tributó un video a aquellos valientes soldados.

(artículo de Ionatan Was, tomado del portal digital "Urugol")

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Hermanos (Héctor Alberto Robles - Argentina)

Detesto el fútbol. Jamás aprendí a patear una pelota, hacer una gambeta o convertir un gol. No leo los periódicos deportivos, no veo prácticas deportivas por televisión, ni escucho partidos de fútbol por radio. El fútbol no me interesa en absoluto. 

Poco tiempo antes de comenzar el Mundial de Alemania, había conseguido un televisor prestado por una biblioteca popular que no le daba utilidad. Al traerlo a la escuela, muchos me preguntaron si era para ver los partidos del Mundial. A todos les contesté que no, que lo traía para que los chicos pudieran entretenerse en determinados momentos del día y para ver películas relacionadas con los temas de estudio.

Pero se acercó la hora del comienzo del campeonato y, como soy un convencido de que nadie tiene que pensar como yo ni compartir mis gustos, dispuse que los chicos, sus maestros y el resto del personal de la escuela, vieran los partidos en el Salón de Actos, donde se había instalado el televisor recién llegado. 

Así fue como el viernes 16, los chicos estaban expectantes por el partido de la Argentina frente a Serbia y Montenegro. Miré el comienzo y me fui a seguir trabajando en la Dirección. A los pocos minutos, un estruendoso “gooool” resonó en toda la escuela. Salí rápido para ver la repetición y me encantó la jugada. Volví a la Dirección y otra vez se escuchó un griterío: ahora los chicos saltaban y se abrazaban...

Me puse a mirarlos con atención, casi todos los alumnos son de piel cobriza, pero aquel día el color de sus caritas estaba escondido por pintura celeste y blanca. En un rincón, algunos cortaban papelitos, otros se habían colocado la escarapela argentina o lucían camisetas de la selección nacional. 

Llegó el tercer gol, terminó el primer tiempo, arrancó el segundo y con el cuarto gol ya volaban los papelitos, mientras la portera me reprochaba: “Señor Director, cuando termine el partido usted va a tener que barrer el salón de actos” y nos reíamos juntos. 

Con los dos goles finales, los alumnos estaban enloquecidos. Volví a mirarlos, pensé en la alegría de esos chicos humildes, casi todos hijos de madres y padres nacidos en distintas provincias de nuestro país o en Bolivia o Paraguay. Muchos, nacidos ellos mismos en países vecinos. Aquellos chicos casi me hicieron llorar. En ese momento todos se sentían argentinos. “Somos sudamericanos –reflexioné- ¡somos hermanos!”.

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El canto de los ausentes (Claudio Morresi - Argentina)

…30.000 personas que van a concurrir a la cancha. 

Los jugadores, yendo por el túnel, piensan encontrar un estadio repleto. 

Cuando en el centro del campo, los equipos levantan la vista para saludar a las hinchadas, notan que las tribunas están tenebrosamente vacías. 

En ese momento recuerdan que hoy es 24 de Marzo y se cumplen 20 años del golpe militar que institucionalizó el terrorismo de estado. 

En la tribuna Sur, que alberga a miles de personas faltan los hinchas de Boca y River que fueron secuestrados de sus domicilios o lugares de trabajo, alojados en Centros Clandestinos de detención y luego de sesiones de tortura, arrojados desde aviones al mar. 

En la tribuna Norte, no se encuentran los hinchas de Racing e Independiente, que luego de pasar por el mismo calvario del secuestro y la tortura, fueron acribillados a balazos y sus cadáveres esparcidos en descampados. 

En la tribuna Este no figuran los hinchas de Huracán y San Lorenzo, encontrados años más tarde en fosas comunes. Exterminados de las formas más perversas. 

En la tribuna Oeste, no están los hinchas de Rosario y N.O.B, que antes de matarlas, esperaron que parieran para quedarse con sus hijos como botín de guerra. En esas épocas, los familiares de los desaparecidos, buscaron una respuesta por la suerte de sus seres queridos. 

Los que se adjudicaron ser los dueños de la vida y de la muerte, ocultaron toda información. Fue tanta la barbarie, tantas las atrocidades cometidas que siguen escondiendo el verdadero final de sus víctimas. 

El 24 de Marzo de 1976 comenzaba la masacre más Feroz, Cobarde y Sangrienta de la Historia Argentina. 

Veinte años después se juega otra fecha del campeonato. Los que vayamos a la cancha, los que escuchemos el partido por la radio o los que veamos a la noche los goles por TV... no podemos olvidar lo que pasó en Argentina. En nuestra memoria tiene que estar presente todo lo ocurrido. 

Transmitirlo a las generaciones que vienen, con el nombre y apellido de los culpables. Entendiendo que es la última forma de justicia que nos queda. Sabiendo que es lo único que garantizará que no vuelva a ocurrir Nunca Más. 

En el estadio vacío el partido está por comenzar.

Los jugadores empiezan a sentir como baja, de las tribunas desiertas, el aliento de las hinchadas. Son 30.000 voces que no paran de cantar.

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Un veneno sin antídoto (Tomás Furest - España)

“Niño, este equipo es de la ciudad en que tú naciste, pero nosotros somos del Sevilla”. 

El Betis acababa de ganar el Trofeo Concepción Arenal. Jesús, a pesar de las palabras de su padre, había tomado en silencio, con sólo cinco años, la primera decisión importante de su vida: hacerse bético. Miraba a Luis del Sol, que levantaba la copa, y sentía un orgullo tan grande de ser de aquel equipo que llegó a la conclusión de que era bético desde que nació, aunque no lo supiera. Lo que no podía comprender era que su padre, que lo sabía todo, no se lo hubiera dicho nunca y le viniera ahora con esa milonga de que ellos eran del Sevilla. Cosas de los padres, a los que no hay quien entienda, pensó. 

Para que no hubiera dudas de cuáles eran sus sentimientos, al llegar a su casa le pidió a su madre que le enseñara a escribir su nombre, Jesús Olmedo. De segundo apellido, en vez de Madroñal, se puso bético hasta los huesos. Como le resultaba complicado escribir hueso decidió pintar unos iguales a los que daba de comer a su perrita Niebla, un cruce entre Mastín y San Bernardo que engullía todas las sobras de la cocina de El Arsenal y que más que una perra parecía un caballo. 

Su madre lo abrazó con ternura y le hizo ver que era mejor que su padre no se enterara de que era del Betis porque se iba a llevar un disgusto. “Será nuestro secreto”, le dijo mientras le guiñaba un ojo y le daba un beso muy especial, distinto, “porque ya eres un hombrecito”. Aquella noche no pudo dormir. Cerraba los ojos y veía una y otra vez la película de la final: a Otero volando como un pájaro para impedir que marcara Suco; a del Sol corriendo sin parar y borrando a todo el centro del campo del Oviedo; a Kuzsmann dándole un pase magistral a Castaño para que consiguiera el primer gol, a Esteban Areta metiendo por la escuadra el segundo a centro de Paqui… 

No había en el mundo una camiseta más bonita que la verdiblanca ni un escudo más hermoso que el de las trece barras coronado. La camiseta y el escudo que a partir de aquel 31 de Agosto de 1958 llevaría para siempre en su corazón. Jesús había nacido en Sevilla, pero no tenía conciencia plena de ello, porque cuando apenas había dado sus primeros pasos a su padre, capitán de la Armada Española, lo destinaron a El Ferrol. Allí, en el Arsenal, entre barcos, cañones y marinos, creció como un niño feliz y se abrió la cabeza un par de veces sin que la sangre llegara por la ría al fascinante océano Atlántico, por el que navegaba cada noche en sueños venciendo con suma facilidad a cuantos piratas le salían al paso. 

A veces creía que se había caído al agua, pero al despertarse sobresaltado se daba cuenta de que sólo se había hecho pipí en la cama y que tendría que soportar la burla de sus hermanos una vez más. Se sentía gallego, pero había un par de cosas que le recordaban frecuentemente sus orígenes: las tortas de Inés Rosales que les mandaba su abuela Concha desde Sevilla y el tono despectivo con el que una monja rechoncha le decía “andaluz” siempre que lo castigaba por hacer alguna trastada en el colegio. 

Su padre se encerraba cada domingo en la salita junto a la radio para escuchar "Carrusel deportivo", un nuevo programa que había creado unos años antes Bobby Deglané y conducía Vicente Marco, conectando con todos los campos para que los aficionados estuvieran al tanto de cómo iba su equipo sin necesidad de bajar al bar para ver los resultados en la pizarra. Su madre decía que era un programa de locos, de tíos pegando gritos, pero a su padre nadie podía molestarlo mientras jugaba su equipo. Jesús, aunque no compartía colores con el bueno del capitán, le preguntaba cuando salía cómo había quedado el Sevilla porque sabía que si ganaba estaba de buen humor y él se libraba de algún que otro pescozón aunque se hubiera peleado con sus hermanos. Eso sí, cuando el Sevilla perdía era mejor acostarse temprano porque el horno no estaba para bollos y cobraban todos, aunque hubieran sido santos. 

A Jesús le gustaba jugar al fútbol, pero no era de ningún equipo todavía. Si acaso, del Racing de Ferrol porque allí jugaba Marcelino, del que se había hecho muy amigo porque compartía con sus padres la afición por la lectura y con frecuencia aparecía por su casa para llevarse libros de la enorme biblioteca que había en el salón. Marcelino, que iba para cura, cambió el seminario por los campos de fútbol después de llegar a la conclusión de que tenía más dudas que Unamuno, al que leía con especial devoción. Su decisión, entonces mal acogida por su familia, sería celebrada con alborozo años después por todo el país, al ser el de Ares el autor del gol que le daría a España el triunfo en la final de la Eurocopa del 64 ante Rusia, único título conquistado por la selección española absoluta en toda su historia. Marcelino invitaba a la familia Olmedo al fútbol y Jesús iba con su padre y su hermano Juan a ver al Racing, que entonces jugaba en Segunda. 

Un derby ante el Deportivo de La Coruña era lo más emocionante que Jesús había vivido hasta que aquel verano el Betis de Antonio Barrios superó al propio Racing y al Oviedo para conquistar el trofeo Concepción Arenal, que por aquellos años tenía un enorme prestigio, sólo superado por el Carranza y el Teresa Herrera. Desde aquel día, Otero, Portu, Santos, Oliet, Isidro, Paqui, Castaño, Areta, Kuszmann, Vila, Lasa y del Sol se convirtieron en los héroes de sus juegos y de sus sueños, en los que dejaría de hundir barcos piratas para dedicarse a marcar goles a cuantos rivales se cruzaban en el camino del Betis y si hacía falta, se colocaba bajo los palos para echarle una manita a Otero. Definitivamente, el Betis era lo más importante de su vida. 

Jesús hizo a Marcelino participe de su secreto: “Tú eres mi amigo y siempre querré que ganes, pero yo soy del Betis. Y si algún día vuelves a jugar contra mi equipo no puedes marcarle ningún gol, ¿vale?”. Marcelino le dio la mano sin decir palabra, aunque hizo por Jesús algo más importante, presentarle a su amigo Pancho, que era de Sevilla también pero que llevaba muchos años en El Ferrol porque lo mandaron allí a hacer la mili y se enamoró de Lina, con la que se casó y montó “Heliópolis”, un bar al que acudían los futbolistas del Racing después de los partidos. 

El bar estaba lleno de banderines de casi todos los equipos y de fotos de los mejores jugadores del mundo, con una muy grande dedicada a Pancho por Luis Suárez, que triunfaba en el Barcelona. “Pancho, te presento a Jesús, que dice que es del Betis”, le dijo Marcelino muy serio. Pancho lo tomó de la mano y lo condujo en silencio hasta un pequeño despacho presidido por un enorme banderín del Betis, firmado días antes por todos los jugadores después de dar cuenta de un gran mariscada a la que Pancho les había invitado. “¿Niño, estás seguro de que quieres ser del Betis? Piénsatelo bien porque se sufre mucho. Como se te meta el veneno en la sangre no hay medicina en el mundo que te pueda curar esta bendita enfermedad. Yo me hice del Betis cuando nací y no he dejado de serlo ni un segundo a pesar de que durante muchos años hemos estado en Segunda y en Tercera”. Jesús no se atrevía a abrir la boca. Creía que Pancho era Dios y pensaba que si Dios era del Betis él había elegido bien su camino. 

Pancho le trajo un refresco y un álbum de fotos, de fotos del Betis, y le dijo que las había hecho en Sevilla hacía sólo tres meses. “Niño, es que hemos vuelto a Primera. Hemos tardado quince años y pasado muchas fatiguitas por el camino, pero ha merecido la pena. Ascendimos en San Fernando el 25 de Mayo y lo celebramos en Heliópolis una semana después. Yo no podía faltar a la fiesta. Cerré el bar, cogí a mi mujer y nos fuimos en tren a Sevilla. Mira, éste es Benito Villamarín, nuestro presidente. Es gallego, pero tan bético como si hubiera nacido en la Puerta de la Carne. Y éstos son los jugadores que nos han devuelto a nuestro sitio: Menéndez, Portu, Santos, Isidro, Loli, Valderas, Lasa, Paqui, Vila, Areta, Castaño, Rodri, Seguer, Eugenio, Sobrado, Espejín, Ramoncito, Américo, Mundo, Luisín, Domínguez y Luis del Sol. No olvides nunca sus nombres, pero sobre todo el de Luis del Sol porque me da en la nariz que va para figura. Y ahora te dejo que tengo que atender la barra, pero ya le diré a Marcelino que te traiga de vez en cuando para que podamos hablar de nuestras cosas”. A partir de entonces Jesús se iba a “Heliópolis” cada vez que podía.

Pancho le contaba con enorme pasión sus vivencias como bético. Le recitaba de memoria el equipo que ganó en Santander la Liga en el 35: Urquiaga, Areso, Aedo, Peral, Gómez, Larrinoa, Saro, Adolfo, Unamuno, Lecue y Caballero, pero también le recordaba que el Betis se había hecho grande de verdad jugando en Tercera durante siete largos años en los que no desapareció porque los sentimientos nunca mueren. Se mostró orgulloso de haber acompañado a su Betis por esos campos de Dios con un bocadillo de tortilla bajo el brazo y los bolsillos llenos… de ilusión. Le habló de la rifa de vacas, mulas y hasta dormitorios para sobrevivir. 

Le explicó que el ‘Manquepierda’ era un grito de rebeldía, no de sumisión, y le pidió que le dijera a todos que no había nada más grande en el mundo que ser bético. Jesús se atrevió a interrumpirle para decirle:… “a todo el mundo menos a mi padre, porque como se entere me mata. El pobre cree que soy sevillista, como él y mi hermano Juan. Sólo mi madre, Marcelino y tú sabéis que soy del Betis, pero en cuanto empiece el colegio se lo voy a decir a todos los niños”

Jesús cumplió su promesa. Pregonó a los cuatro vientos su beticismo y le dijo a su madre que iba a pedirle a los Reyes la equipación completa del Betis, con botas y todo y cuando empezó la Liga le rogó a su padre que le dejara escuchar junto a él "Carrusel deportivo". Sólo pudo hacerlo en la primera jornada, en la que el Betis le ganó al Granada por 2 a 1 y el Sevilla empató a dos en Pamplona con Osasuna. Lo había pasado muy mal sin poder cantar los goles de Kuszmann. Y peor cuando Salía consiguió el gol del empate para el Sevilla casi al final después de ir perdiendo dos a cero. Su padre le pedía con la mirada que lo celebrara con el mismo entusiasmo que lo hacía él, pero no le salía. El capitán, muy serio, sentenció al terminar el Sevilla: “Nos hemos reservado para el próximo domingo, que recibimos al Betis en nuestro campo. Les vamos a meter cuatro. Cuando volvamos a Sevilla os haré socios a ti y a Juan y os llevaré al Sánchez Pizjuán. Me ha dicho mi hermano Rafael que es el mejor estadio del mundo”.

Jesús tenía claro que no iba a estar junto a su padre al domingo siguiente escuchando "Carrusel deportivo". Le pediría a Pancho que lo invitara a Heliópolis para seguir el partido juntos. Jamás podría olvidar aquel 21 de Septiembre. Antes de que Pancho tuviera tiempo de prepararle un refresco ya había marcado Luis del Sol el primer gol. Se abrazaron como si les hubiera tocado la lotería. El mundo se les vino abajo cuando antes del descanso el Sevilla le dio la vuelta al marcador. Valderas cogió el balón con las manos incomprensiblemente y Salía empató de penalti. Poco después hizo Diéguez el 2-1. Jesús estaba hundido, mudo, pero Pancho le animaba y le decía que de peores habían salido, que en la segunda parte ganaban seguro. Y así fue. Kuzsmann marcó dos goles y Esteban Areta redondeó un 2-4 que dio la vuelta al mundo.

“Así es nuestro Betis, niño. Pero no te confíes porque cuando menos te lo esperes dará la espantá. Y no olvides que hay que quererlo con sus virtudes y sus defectos, como a un hijo”. Pancho le hablaba sin parar a Jesús mientras esperaba que viniera a recogerlo Marcelino para llevarlo a su casa. Y Jesús se preguntaba si su padre lo querría cuando se enterara que era del Betis. El temor a perder el cariño del capitán, al que adoraba, le impedía disfrutar plenamente de ese triunfo que Pancho había catalogado de histórico. Sólo su madre logró convencerlo de que lo iba a querer siempre, aunque le aconsejó que no le hablara de fútbol esa noche porque había acudido a la salita hecho una fiera. 

Acudir cada domingo a Heliópolis a escuchar los partidos con Pancho era tan importante para Jesús que su madre lo amenaza con no dejarlo ir si se portaba mal. La amenaza surtió tal efecto que Jesús estuvo a punto de alcanzar la santidad en vida. Junto a su amigo lloró la primera derrota como bético, que llegó en la cuarta jornada ante el Español, y gozó de partidos memorables como aquel 7-0 al Zaragoza en el que Juan Tribuna a punto estuvo de perder la voz narrando los cuatro goles de Vila y los marcados por Kuszmann, Castaño y Azpeitia. Pancho aprovechaba sus encuentros semanales para compartir con Jesús sus vivencias verdiblancas. El Betis era para él como un hijo, y “por un hijo se da la vida si hace falta, niño”

Reconoció que había llorado de rabia cuando el Sevilla les robó a Antúnez y de alegría cuando el general Moscardó, que presidía la Delegación Nacional de Deportes, le obligó a volver al Betis. “No sabes lo importante que fue para nosotros que nos dieran la razón. Desde que acabó la Guerra Civil nos estaban machacando. A muchos no les gustaba que el Betis fuera el equipo del pueblo. Nos tenían el pie puesto en el cuello, pero no pudieron con nosotros entonces ni van a poder nunca. Ya te he dicho mucha veces que no hay fuerza humana capaz de destruir este sentimiento tan grande”. Jesús, despierta, que han venido los Reyes Magos. Entró en el salón como un loco, buscando la equipación del Betis que había pedido con letras bien grandes a Baltasar. No estaba. Había un balón y unas botas de fútbol, un coche de bomberos y algunas cosas más, pero no la camiseta verdiblanca con la que llevaba meses soñando. Buscó a su madre en silencio, sin atreverse a decir nada por miedo a que se enterara su padre. Cuando estaba a punto de empezar a llorar llamaron a la puerta. 

Era Pancho. Traía en sus manos un paquete grande de Casa Couto, la mejor juguetería de Ferrol. “Jesús, en el bar han dejado los Reyes un regalo para ti. No tengo ni idea de lo que es. Anda, ábrelo que me tengo que ir”. Ante sus ojos atónitos fueron apareciendo la camiseta, las calzonas y las medias del Betis. Jesús no sabía si reír o llorar. Abrazó a Pancho mientras el capitán decía muy serio que tenía que ser una equivocación, que allí todos eran del Sevilla. Pancho esbozó una sonrisa burlona y le contestó que era imposible, que los Reyes Magos nunca se equivocan y que él no conocía a otro niño que se llamara Jesús. 

El capitán le permitió quedarse con el regalo, pero dejó muy claro que no lo quería ver con esa camiseta puesta. La camiseta del Betis pasó a ser como una segunda piel para Jesús. Su madre tuvo que pelear lo indecible para que le permitiera lavarla al menos una vez por semana. Con toda la equipación puesta y más nervioso que nunca se presentó en Heliopolis minutos antes de que empezara el derbi sevillano. Pancho le dijo que parecía un ángel vestido así y le pidió que se tranquilizara: “Les vamos a ganar porque somos mejores. Ya se lo demostramos en su casa y hoy le daremos una nueva lección en la nuestra. Con Ríos en la defensa no pasa ni uno vestido de blanco, te lo aseguro”

Estaba claro que Pancho era Dios o que tenía un amigo en el cielo porque Moreira marcó el primer gol a los ocho minutos y Castaño el segundo al cuarto de hora. No había en el mundo nadie más feliz que Jesús, que al llegar a casa recibió un beso enorme de su padre sin que mediara palabra. Sabía que era por el triunfo del Betis, aunque pasaría mucho tiempo antes de que el capitán reconociera públicamente que su hijo era bético a pesar de que él había hecho todo lo humanamente posible para impedirlo. La gran temporada de Marcelino con el Racing hizo que varios equipos de Primera se interesaran por él. Un día, Jesús sorprendió a su padre recomendándole el fichaje a un amigo que tenía en la directiva del Sevilla. No podía ser. 

Cuando el domingo fue a recogerlo para llevarlo a Heliópolis le hizo prometerle que no se iría al Sevilla. Finalmente firmó por el Zaragoza y Jesús respiró tranquilo, aunque lloró desconsoladamente cuando fue a despedirse de su familia. Perdía a un amigo y, lo que es peor, a su enlace con Pancho. Le recordó su promesa de no marcarle nunca un gol al Betis y le pidió que no lo olvidara nunca. Jesús encontró en su madre la aliada perfecta para no perderse cada semana su cita con Pancho. La temporada empezó con un 7-1 encajado por el Betis en el Bernabéu que a Jesús le hizo temer lo peor, aunque los malos presagios no se cumplieron y al final fueron sextos. Días antes de que terminara la Liga supo que a su padre lo habían destinado a Sevilla y que volverían a su tierra cuando finalizara el curso escolar. 

El último partido fue especialmente doloroso para Jesús. Sufrió por la derrota de su equipo en San Sebastián, pero mucho más por tener que despedirse de Pancho, que lo consoló diciéndole que iba a tener la suerte de poder ver al Betis en directo. “Ya te llamaré de vez en cuando para que me cuentes cosas de nuestro equipo. Y si el negocio va bien, haré una escapadita a Sevilla para que veamos algún partido juntos”. Lo abrazó y le dio un sobre de manera solemne: “Toma, este es mi primer carnet del Betis. Mi padre me hizo socio el día que nací y jamás he dejado de serlo. Ni durante la Guerra ni después de ella dejamos de pagar cuando Tenorio venía a casa a cobrar los recibos. Todos teníamos claro que el Betis necesitaba el dinero más que nosotros, y eso que muchas veces mi madre no tenía ni para un ponernos un plato de puchero. Este carnet hará que no me olvides nunca. Y cuando termine la próxima temporada me mandas el tuyo. Ya hablaré con tu padre para que te haga socio”.

La vuelta de Jesús a Sevilla no resultó como la había soñado. Su padre se negó a sacarle el carnet del Betis; es más, lo hizo socio del Sevilla, aunque él siempre buscaba una excusa para no ir al Sánchez Pizjuán. Como no encontraba nadie que lo llevara a Heliópolis, tuvo que seguir los partidos como en Ferrol, por la radio, pero sin Pancho a su lado para comentarlos. El capitán aprovechaba la ocasión para hablarle del Sevilla, de lo buenos que eran Ruiz Sosa, Achucarro ó Pereda, pero Jesús tenía claro lo que sentía y sabía que jamás iba a dejar de ser bético. 

Para colmo, en el colegio casi todos los niños eran sevillistas. Le costaba un mundo reclutar a once béticos para jugar cada día en el recreo contra los infieles. Tenía que aceptar en sus filas a cualquiera, incluidos algunos sevillistas que no encontraban acomodo entre los suyos porque eran muy malos. Casi siempre perdían, pero él sabía que algún día cambiaría su suerte. Cuando la Liga finalizaba Jesús sorprendió a su padre diciéndole que iría el domingo al fútbol con él a ver al Sevilla… contra el Betis. El capitán lo miró fijo a los ojos y sentenció: “Recuerda que en esta familia somos todos del Sevilla. Ya sabes cómo tiene que comportarte en el Sánchez Pizjuán”. Dicho y hecho. No movió un músculo cuando Gargallo adelantó al Betis a los once minutos y soportó como pudo los abrazos de su padre y de algunos extraños tras marcar Ríos en su propia portería al intentar despejar un balón al que no llegaba Pepín. 

Peor fue la vuelta a casa, con su padre culpando a Ortiz de Mendibil del empate y recordando las muchas ocasiones que había tenido el Sevilla para ganar el partido. Al día siguiente, por fin, pudo sacar pecho en el colegio e incluso tuvo menos dificultades para formar el equipo en el recreo. Pero el gran día estaba todavía por llegar. Era sábado y estaba toda la familia Olmedo a punto de sentarse a la mesa cuando llamaron a la puerta. Jesús no pudo articular palabra cuando abrió y se dio de bruces con Marcelino, que dejó en el suelo el paquete de pasteles que traía y lo abrazó fuerte, muy fuerte, mientras le decía que había crecido muchísimo, que estaba hecho un hombre. 

El Zaragoza visitaba al Betis y el capitán lo había invitado a comer. Durante el almuerzo hablaron algo de fútbol y mucho de El Ferrol y de Ares, de lo mucho que echaban de menos a los amigos que tenían en común. Jesús, cuando pudo quedarse a solas con Marcelino, le hizo un interrogatorio a fondo sobre Pancho y le contó con tristeza que su padre no le había sacado el carnet del Betis y todavía no conocía Heliópolis. “Capitán, mañana me traes a los niños a la una al hotel Colón para que se vengan conmigo al fútbol”, dijo Marcelino al despedirse. El capitán aceptó a regañadientes y Jesús vio por primera vez el campo del Betis desde el autobús del Zaragoza, sentado al lado de su hermano Juan, que le decía que el del Sevilla era más bonito. Marcelino los tomó de la mano y entraron al estadio junto a Yarza, Cortizo, Benítez, Lapetra… como si formaran parte de la expedición comandada por César, el entrenador. Cuando accedieron al terreno de juego y Jesús tomó conciencia de dónde estaba no pudo contener las lágrimas. 

Marcelino le presentó a los jugadores del Betis, que lo preguntaron por qué lloraba: “Porque soy bético hasta los huesos desde que os vi ganar el Trofeo Concepción Arenal y nunca había estado en nuestro estadio”, respondió mientras su hermano se burlaba de él. Lasa le dijo que fuera a verlo al vestuario después del partido y le regaló un banderín firmado por todo el equipo. Un banderín como el que tenía Pancho en el bar. Lástima que ya no estuviera del Sol. A pesar de que lo habían traspasado al final de la temporada anterior al Real Madrid, continuaba siendo su ídolo. Al llegar a casa colocó el banderín en la pared, junto a su cama, para que fuera siempre lo último que vieran sus ojos antes de dormirse. 

Esa noche recibió otra alegría, la llamada de Pancho, al que le contó todo lo que había vivido y lo mal que lo había pasado cuando Murillo adelantó al Zaragoza. Menos mal que Yanko Daucick, el larguirucho hijo del entrenador, empató en la segunda parte. Eso sí, Marcelino había cumplido su promesa de no marcarle al Betis, que terminaba la temporada sexto, por encima del Sevilla. Se pasó el verano intentando convencer a su padre para que lo hiciera socio del Betis, que ya había comprado el campo en propiedad y le habían puesto el nombre del presidente, Benito Villamaría. Su madre lo ayudó todo lo que pudo, pero el capitán decidió quemar sus naves en un último y desesperado intento por recuperar a su hijo para la causa blanca. 

“Te voy a sacar otra vez el carnet del Sevilla y vas a venir a todos los partidos conmigo. Si al final de la temporada no has cambiado de idea y sigues empeñado en romperme el corazón, hablaremos”. No quería hacerle daño a su padre, pero tenía claro que nada ni nadie podía hacerle cambiar sus pensamientos. Ese pulso lo iba a ganar, seguro. Recortaba del ABC el marcador simultáneo para estar al tanto de lo que hacía el Betis. Vivió con indiferencia el triunfo del Sevilla ante el Athletic de Bilbao en la segunda jornada y sufrió lo indecible en silencio al ver quince días después al Zaragoza de su amigo Marcelino perder por 4-0. 

La prueba de fuego llegaría el 8 de Octubre con la visita del Betis al Sánchez Pizjuán. El Sevilla formaba con Mut, Juan Manuel, Campanal, Valero, Ruiz Sosa, Achucarro, Agüero, Mateos, José Luis Areta, Diéguez y Antoniet. El campo se caía cuando aparecieron por el túnel de vestuarios. Al hacerlo el Betis la bronca fue tan grande que Jesús se asustó. Allí estaban Pepín, Lasa, Ríos, Esteban Areta, Bosch, Martín Esperanza, Montaner, Pallarés, Yanko, Senekowitsch y Luis Aragonés. 

Recibían insultos de todos los colores, incluso de señoras muy bien arregladas y de algunos de los amigos del capitán que hasta entonces Jesús había tomado por perfectos caballeros. Cuando Pallarés marcó a los once minutos los exabruptos subieron de tono y alcanzaron a todos los que sintieran en verdiblanco. Jesús no entendía nada. Su padre jamás había dicho esas cosas de los béticos. El capitán le hizo un gesto con las manos para que se tapara los oídos, pero en su cabeza retumbaban palabras llenas de odio. 

Los ánimos se calmaron algo al marcar Bosch en propia meta el gol del empate. En el descanso se fueron a tomar un refresco y el capitán le dijo que no tuviera en cuenta lo que había presenciado, que había personas que se transformaban en el fútbol y que en realidad no pensaban lo que decían. Le aseguró que él había pasado por una experiencia similar en el campo del Betis cuando era pequeño. Le rogó que, pasara lo que pasara en la segunda parte, no abriera la boca. No pudo cumplir los deseos de su progenitor. 

Al marcar Luis Aragonés el 1-2 Jesús empezó a gritar gol como un poseso. No había forma de calmarlo. El capitán tuvo que aguantar todo tipo de improperios de sus vecinos de localidad, pero estalló cuando uno le dijo que le pusiera un bozal al perro bético. Saltó como un gamo tres filas y agarró por el cuello al energúmeno que había llamado perro a su hijo. Si no los separan lo mata. “Sí, mi hijo es bético ¿Pasa algo?” Nadie se atrevió a contestarle al capitán. Luego cogió de la mano a Jesús y se marcharon a pesar de que quedaba todavía casi media hora de partido. Apenas cruzaron dos palabras de vuelta a casa, pero Jesús se sintió muy orgulloso de su padre. Estaba claro que lo quería por encima de todo y que a partir de entonces lo iba a dejar tranquilo. En un bar se enteraron de que el partido había terminado con triunfo del Betis. 

Al llegar a casa el capitán se encerró en su despacho y Jesús le contó a su madre y a sus hermanos lo que había pasado. Hasta Juan, que no había podido ir al partido por estar con gripe, se puso de su parte. Sintió que tenía el apoyo y el respeto de todos, sin distinción de colores, aunque lo cierto es que hacía ya algún tiempo que había logrado captar para la causa verdiblanca a su madre y a dos de sus hermanas, y que en casa ya eran mayoría. Unos días después el capitán llamó a Jesús y le entregó su primer carnet del Betis. Le dijo que se lo había ganado a pulso y que disfrutara todo lo que pudiera pero sin insultar nunca a quienes pensaran de manera diferente tanto en el fútbol como en cualquier otro orden de la vida. 

El domingo pasaron a recogerlo para ir al Betis Jaime, Pedro, Manolo y Enrique, unos chavales del barrio que eran algo mayores que él pero igual de béticos. Ese día le ganó el Betis a la Real Sociedad con dos goles de Ansola y el camino de vuelta a casa andando se hizo muy corto comentando las jugadas con sus amigos. Después vendrían otros muchos domingos de victorias, empates y derrotas vividas en Gol Sur con los suyos. Cumplió su promesa de mandarle a Pancho su primer carnet y ahorró peseta a peseta para renovarlo año tras año. Si no le alcanzaba con los ahorros, allí estaban sus padres para ayudarle. Marcelino dejó de ir por su casa. 

El capitán decía que se le habían subido los humos desde que le metió el gol a Rusia, pero Jesús sabía que no lo hacía porque ya no era su amigo. Había roto su promesa y le había marcado dos goles al Betis en La Romareda. Había perdido un amigo pero había ganado un padre, con el que hablaba mucho, sobre todo de fútbol. Incluso volvió con él al Sánchez Pizjuán. Después de la bronca del 61 el capitán había buscado otra zona del campo para ver los partidos juntos sin que nadie los molestara. El fútbol los mantuvo unidos hasta en esos años difíciles en los que Jesús se fue de casa porque necesitaba buscar su propia identidad. En la Universidad había descubierto que Franco no era tan bueno como decía su padre, pero aprendió a no hablar con él de política. 

Si lo hacían de fútbol se entendían aunque cada uno defendiera lo suyo. Cuando Jesús acabó la carrera y ganó su primer sueldo hizo socio del Betis a su padre. Era la manera de verse todas las semanas, una en Nervión y la otra en Heliópolis, hasta que Carolina, una granadina de mirada tierna y bondad infinita se cruzó en su camino y las visitas al Sánchez Pizjuán se acabaron. Eso sí, al Benito Villamarín no faltaba nunca. Eso quedó claro desde el primer día. 

No le costó mucho que lo aceptara porque Carolina se hizo bética por amor. Sólo le formó la bronca cuando nació su primer hijo, Carlos, al que Jesús hizo socio del Betis antes de inscribirlo en el Registro Civil. Tuvo que salir al quite el capitán para hacerle ver a su nuera que esa batalla la tenía perdida, que él había fracasado a pesar de intentar durante años que Jesús renunciara a esa locura de ser bético por encima de todo. Jesús quería que Pancho fuese el padrino. Nadie mejor que él. Aunque un amago de infarto lo tenía acobardado, se presentó en Sevilla con una medalla de la Macarena para Carlos y una maleta en la que había metido toda su vida de bético grande. Se la entregó a Jesús y le dijo que cuando el niño creciera le enseñara todos esos recuerdos y le hablara de su padrino y del Betis. 

El bueno de Pancho se enfrentó al capitán cuando lo descubrió prendiendo un escudo del Sevilla en el faldón bautismal del niño al salir de la iglesia de san Vicente. “Pancho, tú me robaste a mi hijo, lo hiciste bético contra mi voluntad y debes entender que al menos intente que mi nieto sea sevillista”. “Capitán, es que no te enteras. Jesús nació con ese veneno en el cuerpo y contra ese veneno no hay antídoto. Me limité a reforzar algo que llevaba dentro, como lo lleva ya mi ahijado”. “Contigo no se puede hablar de fútbol, Pancho”. “Si quieres hablamos de política, capitán. Con el final de la dictadura se os acabó el chollo. Ahora el que gana los títulos es el Betis”. “Sí, y también el que se va a Segunda al año siguiente”. Jesús intervino para poner fin a la discusión. “Así es el Betis, papá, así es el Betis. Si fuera de otra forma a lo mejor no lo queríamos tanto. No olvides que nuestro grito de guerra es ¡Viva el Betis manquepierda¡” “Anda, niño, vámonos a comer que como sigamos hablando sois capaces de hacerme bético”.

(relato del periodista sevillano Tomás Furest publicado en el libro "Relatos en verdiblanco" dedicado a diveras historias relacionadas con el Real Betis Balompié. Este libro se publicó en 2007 con motivo del Centenario del equipo bético)

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Está en la miseria el hombre que cambió el curso del fútbol mundial

El ex-futbolista Jean-Marc Bosman, cuya demanda contra la normativa de transferencias en el fútbol propició la 'Ley Bosman', es alcohólico y vive de un plan social en Bélgica, según el diario británico 'The Sun'. 

Han pasado 15 años desde que Jean-Marc Bosman revolucionó el mundo del fútbol. Su caso, que terminó en la 'Ley Bosman', permitió a los futbolistas de la Unión Europea jugar libremente en otros países de este territorio sin contabilizar como jugadores extranjeros. 

Los equipos, que hasta entonces sólo podían contar con tres extranjeros, dieron un vuelco en la configuración de las plantillas. 

Corría el año 1990, cuando Bosman denunció a su club, el RFC Lieja, por reducirle su sueldo a más de la mitad e impedirle el paso al equipo francés Dunquerque, a pesar de que su contrato se había vencido. 

El jugador decidió recurrir a la FIFA y también a la UEFA para presentar una queja formal. Cinco años después el Tribunal Europeo de Justicia, dio una histórica resolución que les permitió a los jugadores profesionales europeos la posibilidad de cambiar de club al expirarse sus vínculos, actuando como agentes libres. Hoy, Bosman tiene 46 años y lucha para superar la depresión y la adicción al alcohol. 

Según indicó el propio ex jugador: "Ha sido muy, muy duro. Gané mucho dinero sobre el césped pero soy el único que tuvo que pagar y pagar y pagar".

Gordo y con una calvicie notable, Jean-Marc vive en una pequeña casa a las afueras de Lieja, Bélgica. Es su única posesión material. Ahora, su única motivación son sus hijos Martin, de casi 2 años, y Samuel, de 5. Pero no puede vivir con los niños ni con su madre, Carine, por miedo a que les retiren (a ellos) el plan social estatal. 

Los antidepresivos le ayudan a seguir adelante y, aunque dice que ha estado desde 2007 alejado de la bebida, llegó a tener serios problemas y realiza las declaraciones al diario británico 'The Sun' dando pequeños sorbos a un vaso de vino: "Solo tomo un vaso de vino espumoso en ocasiones especiales".

Sobre Bosman se dijo que llegó a tener 2 casas y 2 Porsches pero ahora sonríe cuando escucha esa afirmación: "La gente piensa que gané una fortuna pero con mi 'fortuna' no podría pagar ni un solo día de salario de Wayne Rooney". 

“Busco trabajo, pero no lo encuentro”, confesó ante el tabloide británico el hombre que dio un cambio radical al mercado futbolístico. “Wayne Rooney gana 200.000 libras por día, pero yo vivo de un subsidio", afirmó.

También es cierto que compró un Porsche de segunda mano, aunque los problemas económicos le obligaron a venderlo. "Normalmente, cuando ganas un juicio te sientes libre pero los medios en Bélgica se pusieron en mi contra tras el caso. Caí en depresión y empecé a beber más y más. Al final, sólo estaba en casa bebiendo vino y cerveza" reconoce el ex jugador.

Bosman presentó una denuncia después de que su club, el RFC Lieja, le recortara 60% el sueldo tras no autorizar una transferencia al equipo francés Dunquerque al término de su contrato en 1990.

Tras un duro y costoso proceso legal de 5 años, logró un veredicto favorable en los tribunales que cambió para siempre la manera de contratar a los jugadores de fútbol en Europa y les permitió moverse libremente entre clubes al finalizar sus contratos, actuando como sus propios agentes, lo que hizo que aumentara su capacidad negociadora y potencial para ganar dinero.

Jean Marc Bosman en su época de jugador 

Bosman fichó por el belga Charleroi en 1991, pero le pagaban menos de € 1.000 al mes por considerarle un riesgo. Cuando finalmente dejaron de emplearle, tuvo que dejar su piso en esa ciudad e instalarse en el garaje rehabilitado de sus padres, ya sin su primera esposa y la hija de ambos. 

Ahí se agudizó un deterioro personal del cual aún intenta recuperarse, a la espera de encontrar una fuente de ingresos -tal vez una nueva página web en la que promoverá el deporte amateur- que le permita mantener a sus hijos. 

Pese a su desesperada situación, Bosman asegura que no siente celos de los jugadores que ahora cobran sueldos multimillonarios beneficiados por la ley que él propició, pero admite que desearía que se le reconociera el esfuerzo que hizo, por el que lo perdió casi todo. 

Fuentes consultadas
* The Sun
* Revista "El gráfico"
* Diario digital "Urgente 24"

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Un búlgaro en Puente Alsina (Juan Sasturain - Argentina)

Todo empezó hace cuatro meses, a mediados de Enero, el primer día de entrenamiento. La cancha estaba con el pasto crecido, los arcos desnudos, las tribunas tan vacías como durante los últimos partidos del torneo anterior. Apenas era media mañana pero ya el sol apretaba, brillaba contra un cielo casi blanco sobre las montañas opacas.

En el vestuario, los vidrios rotos por el ataque final de la barra brava permitían que entrara aire y dejaban respirar un poco. No mucho.

Los muchachos estaban ahí, como invitados a una ejecución, cuando entró Gagliardi, con el tipo y saludó. Le contestó un rumor de abejas. Menos que eso.

Pero lo miraron con atención. Era casi un viejo, vestido con ropa deportiva color violeta oscuro, con inscripciones raras. Levantó la mano apenas, como si fuera un Papa que acallara a una multitud inexistente, y esbozando una leve sonrisa, empezó despacio:

Chiste es muy viejo -aclaró con las consonantes empedradas. Había dos tipos que leyeron aviso en un diario de provincias: “Señorita enseña el búlgaro”. Uno fue. Al rato volvió y el otro le pregunta: “¿Y, qué tal?”. Y el primero le contesta, cara larga: “No vayas: es un idioma”. Je.

Y dejó la sonrisa en espera, como el cómico que inicia su rutina con el chiste sutil y seguro.

Nadie, pero nadie se rió. Y eso que el vestuario estaba lleno. Incluso habían aparecido caras nuevas, lesionados al borde del olvido, algunos de los pibes de la tercera, citados para la presentación del nuevo entrenador: no menos de treinta jugadores con cara de póker. Fue un comienzo duro.

Gagliardi, el protesorero, que era el único dirigente que todavía podía entrar al vestuario sin custodia, se hizo cargo del silencio y presentó al “señor Miraslav Voltov, técnico búlgaro, ex integrante de la selección de su país, que ha desarrollado una extensa campaña en diversas partes del mundo: un auténtico trotamundos del fútbol”.

Seguro que ese viejo de pelo crespo y ojitos claros de astronauta retirado había trotado, porque las zapatillas las tenía a la miseria. Eran una especie de botines Sacachispas fabricados probablemente en el Este, que parecían haber conocido el hielo de las estepas y las arenas de El Cairo. Y el currículum del tipo, que leyó Gagliardi como mejor pudo, ratificaba que no le quedaba continente por conocer.

Los últimos años de trabajo en Centroamérica lo habían familiarizado con el idioma, con el fútbol argentino incluso, a través del contacto con Miguelito Brindisi, con Hugo Cordero, con técnicos y jugadores que andaban por allá.

Grande ilusión venir a dirigir acá -dijo el búlgaro como conclusión. Estoy seguro saldremos al pozo.

Y ahí sí hubo risas que no estaban programadas. El búlgaro también rió, distendido y sin saber bien de qué. Sin saber nada, en realidad, porque de haber sabido dónde había caído se hubiera quedado en cualquier lugar, por más que estuviera en el culo del mundo, como dijo por lo bajo el utilero Castrito.

Para estos tipos, diez dólares son una fortuna… -comentó Desimone, el lateral derecho y uno de los veteranos del plantel, mientras trotaba apenas diez minutos después-. Si no, no se explica. Nos deben tres meses y contratan un técnico extranjero… Les tiene que salir más barato que cualquiera de los últimos ladrones.

Dicen que se ofreció él -dijo casi sin resuello el arquero Perrone-. Estaba de visita en el país para las fiestas, porque tiene unos primos acá, que son del club. Arregló por seis meses: casa, comida, un sueldito y los premios. Como nosotros, si nos cumplieran.

Y siguieron trotando. Y aunque se fueron a almorzar tuvieron que volver, y cuando el sol se puso estaban ahí todavía:

Ponga, ponga… -indicaba el búlgaro, tocando rápido con los Sacachispas rusos: uno corta, uno larga… Ponga…

Y todos se cagaban de risa pero corrían.

La cuestión es que el búlgaro con su media lengua enrevesada se hizo entender bastante bien. Después de tres semanas de triple turno, haciendo fútbol todos los días, reacomodó las piezas, cambió la defensa, les enseñó un par de cosas a los laterales, mandó al nueve a los costados y, sin comprar nada, sin ir a la playa, transpirando en el estadio, armó un equipo nuevo. Ganaron un amistoso contra el campeón del regional, le empataron a Cerro Porteño de Paraguay, le ganaron a Morón y a Los Andes, que hacían pretemporada en la zona, y perdieron apenas 2-1 con el Gimnasia de Griguol. Estaban bien.

Por eso, aunque a los demás los extrañó que para la décima fecha estuvieran entreverados arriba y juntando puntos como para rajarle al descenso tan temido, en el club y en el vestuario sabían que no había misterio, que ahí estaba la mano de Voltov. El periodismo, no: no sabía nada. Perfil bajo, el del búlgaro: nunca una entrevista, siempre los sagaces ojitos grises tras anteojos negros, la cordialidad para la negativa. Un ejemplo de discreción y segundo plano.

Hasta que la semana pasada, cuando se confirmó el partido de la Selección contra los búlgaros en Vélez y se supo que venían Stoichkov, Penev, Kostadinov, todos los cracks a los que el viejo entrenador -según decía- había tenido alguna vez en equipos juveniles o conocía bien, Miroslav Voltov no pudo evitar que lo empezaran a buscar de los medios de Buenos Aires. Lo que sí pudo fue evitar que lo encontraran.

Así, el viernes cobró el sueldo, los premios atrasados y dirigió la práctica de fútbol con raro entusiasmo. Incluso se le escapó un espontáneo “¡Volvé, pelotudo!” dirigido al volante por derecha casi casi sin acento eslavo. Después se fue, como siempre, pero un poco más apurado. Incluso se olvidó el bolso en el vestuario. Cuando se lo alcanzaron a la casa, ya no estaba.

Lo demás, ya se sabe: vinieron con cámaras, con apuro, con malas noticias. Que un imbécil pendejo investigador en busca de fama haya descubierto que el verdadero entrenador búlgaro Miroslav Voltov murió hace dos años en Guatemala no le interesa a nadie en el club. Ni a los dirigentes, ni a la hinchada, ni a los jugadores.

Muchos ahora se llenan la boca hablando de fraude y estafa. En el vestuario de los vidrios rotos, en cambio, se preguntan quién los motivará el sábado con el “ponga, ponga” mientras contemplan, testimonios de abandono, las auténticas Sacachispas trotamundos y el buzo rojo oscuro e Industria Argentina, como debe ser.

(tomado del libro “Pelotas chicas, pelotas grandes” de Juan José Panno, Editorial Colihue)

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Furmiga, el fútbol de las hormigas (Pedro Pablo Sacristán - España)


* Cuento infantil

Por aquellos días, el gran árbol hueco estaba rebosante de actividad. Se celebraba el campeonato del mundo de furmiga, el fútbol de las hormigas, y habían llegado hormigas de todos los tipos desde todos los rincones del mundo. Allí estaban los equipos de las hormigas rojas, las negras, las hormigas aladas, las termitas... e incluso unas extrañas y variopintas hormigas locas; y a cada equipo le seguía fielmente su afición.

Según fueron pasando los partidos, el campeonato ganó en emoción, y las aficiones de los equipos se fueron entregando más y más, hasta que pasó lo que tenía que pasar: en la grada, una hormiga negra llamó "enanas" a unas hormigas rojas, éstas contestaron el insulto con empujones, y en un momento, se armó una gran trifulca de antenas, patas y mandíbulas, que acabó con miles de hormigas en la enfermería y el campeonato suspendido.

Aunque casi siempre había algún problema entre unas hormigas y otras, aquella vez las cosas habían llegado demasiado lejos, así que se organizó una reunión de hormigas sabias. Estas debatieron durante días cómo resolver el problema de una vez para siempre, hasta que finalmente hicieron un comunicado oficial:

"Creemos que el que todas las hormigas de un equipo sean iguales, hace que las demás actúen como si se estuvieran comparando los tipos de hormigas para ver cuál es mejor. Y como sabemos que todas las hormigas son excelentes y no deben compararse, a partir de ahora cada equipo de furmiga estará formado por hormigas de distintos tipos".

Aquella decisión levantó un revuelo formidable, pero rápidamente aparecieron nuevos equipos de hormigas mezcladas, y cada hormiga pudo elegir libremente su equipo favorito. Las tensiones, a pesar de lo emocionante, casi desaparecieron, y todas las hormigas comprendieron que se podía disfrutar del deporte sin tensiones ni discusiones.

(mi agradecimiento al autor, Pedro Pablo Sacristán, por autorizarme a publicar este hermoso cuento)

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El amor platónico de Bill Shankly

Bill Shankly, autor de las citas más audaces e ingeniosas de la historia del fútbol, se hizo hombre en East Ayrshire, Glenbuck, Escocia. Creció en el seno de una familia humilde de diez hermanos, tuvo una infancia durísima, llena de calamidades, y eso forjó en él un carácter tan crudo como irónico. No pudo darse un baño en condiciones hasta los quince años, trabajó a destajo en la mina y encontró en el fútbol, la válvula de escape perfecta para alegrar su complicada vida.

Shankly, un futbolista discreto, pronto entendió que su vocación estaba en el banquillo. Su primer equipo fue el Grimsby Town, luego pasó al Workington y más tarde, en 1956, ficharía para ser entrenador de un equipo modesto, el Huddersfield. Fue allí, en ese equipo, donde Shankly hizo debutar a un muchacho de clase obrera, con pies alados, mala leche y un descaro sobrenatural con la pelota en los pies.

Se llamaba Denis Law, era escocés, había crecido en un barrio marginal de Aberdeen y sólo tenía quince años. Después de unos cuantos partidos, Shankly habló con el presidente del Huddersfield, le pidió retener a cualquier precio a aquel muchacho y le dio un consejo:

-Oiga Presidente, saque su diario y anote esto. Algún día, Denis Law será transferido por 100.000 libras esterlinas.

El presidente no le hizo caso, Denis Law terminó en el Manchester City. Quizá inspirado en aquella jugarreta de aquel presidente, Shankly llegaría a definir a los directivos del fútbol de un modo tan crudo como lapidario:

“La Junta Directiva ideal estaría compuesta por tres hombres: dos muertos y un agonizante”.

Finiquitada su experiencia con el Huddersfield, el bueno de Shankly aceptó el reto de dirigir al entonces modestísimo Liverpool, un equipo sin grandes expectativas que deambulaba por la Segunda división inglesa. Allí fue donde forjó su legendario carácter ganador, donde se convirtió en el manager más famoso de todos los tiempos y donde dejó, con carácter vitalicio, el germen ganador de la filosofía Shankly.

En Liverpool fue donde obligó a su mujer, el día de su boda, a asistir a un partido… de Segunda División. En Anfield fue donde Bill implantó la costumbre de levantar a sus jugadores a las ocho de la mañana para que vieran, son sus propios ojos, cómo trabajaban los mineros de Liverpool. Y en ese club fue donde Shankly instauró reuniones con sus jugadores media hora antes de saltar al campo. Les hacía arrodillarse y les hablaba. Les hablaba de boxeo. De combates históricos, de boxeadores heroicos, de fajarse, de no rendirse. De respeto. De jugar y ganar. De ser los mejores.

Sin embargo, en toda la carrera de Shankly, sólo existió un sueño deportivo irrealizable. Fichar para su Liverpool a aquel descarado escocés que debutó de su mano en el Huddersfield. Shankly había profetizado en 1956 que ese niño prodigio, ese tal Denis Law, algún día valdría 100.000 libras.

La profecía se cumplió el 12 de Julio de 1962, cuando el gran rival del Liverpool, el Manchester United de Matt Busby, fichaba a Law por 115.000 libras esterlinas, una suma de dinero que escandalizó al mundo, y que acabó con el sueño de Shankly.

Denis Law ficha por el Manchester United, a su derecha Matt Busby

Aquel fichaje relámpago el United resultó muy doloroso para Shankly, cuyo ojo clínico ya había vaticinado el talento de Law. Con el tiempo, el patriarca de Anfield, acabaría rendido a la elegancia y clase de su compatriota escocés.

"Law es tan bueno -afirmaba Shankly- que podría bailar en una cáscara de huevo".

No hablaba por hablar. Denis Law inspiraba un fútbol alegre, contagioso, eléctrico y preciso. Alejado del cánon cavernario del patea y corre británico, se convirtió en una especie de volante atípico, más afín al arquetipo latino que al fogoso extremo de Las Islas.

Tan discontinuo en su rendimiento como letal en el área, el fútbol de Law fue el complemento perfecto para el talento de los otros dos grandes talentos del United: Bobby Charlton y George Best. Juntos pero no revueltos, Best, Charlton y Law formaron un triunvirato perfecto, armónico, imparable.

Lo que la política fue incapaz de conseguir, lo unió el fútbol, y un norirlandés, un inglés y un escocés fusionaron su magia, su carisma y su genialidad al servicio de una misma bandera, la del Manchester. Aquellos tres cruzados del Imperio Británico alzaron la Copa de Europa de 1968, y fue fueron considerados como el tercer corazón de Inglaterra, según la prensa de la época, después de Su Majestad La Reina y de The Beatles.

Charlton era el oportunismo, el estajanovismo, la tradicional flema inglesa y el liderazgo en el campo. Best era un genial e irreverente futbolista, un tipo con pie de terciopelo y una cabeza mal amueblada. Law, amén de su grave lesión de rodilla y de su permanente mala leche sobre el terreno de juego, era el goleador inesperado, la chispa adecuada, el tipo capaz de encender a la masa, el interruptor que conectaba una máquina de hacer fútbol.

Su miopía nunca fue un problema cerca del área, sus quiebros eran tan bruscos que hacían descarrilar defensas y su visceralidad le convirtió en uno de los fundadores del histórico club de futbolistas a los que hoy se conoce por ‘Bad boys’ (Chicos malos).

Law, el chico que creció en un barrio modesto de Aberdeen, llegó a hacer realidad el cuento de Cenicienta y se convirtió en una de las estrellas fugaces más brillantes de toda la historia del Imperio Británico. Amó al fútbol por encima de todas las cosas. Vistió la camiseta del Huddersfield, se hizo futbolista en el Manchester City, pasó una temporada en el Torino italiano, alcanzó la gloria con el Manchester United y por último, en su última temporada en activo, decidió colgar las botas en Maine Road, el hogar del Manchester City.

Además de ser internacional por Escocia en 55 ocasiones, Law disputó en toda su carrera un total de 587 partidos, anotando la friolera de 300 goles. Fue Balón de Oro en 1964. Ningún otro escocés ha logrado volar tan alto con una pelota en los pies. Bautizado como ‘El escocés volador’, Law ganó prestigio, fama y dinero durante los años sesenta.

En Julio de 1974, el padre deportivo de Law, el mítico Shankly, anunciaba su retirada del Liverpool. Ese día, los aficionados colapsaron la centralita del club y los trabajadores de las fábricas locales amenazaron con ir a la huelga si no regresaba su héroe, pero Shankly consideró que había llegado el momento de pasar más tiempo con su mujer Ness y su familia. Shankly ganó todo, pasó a la historia como el mejor manager de todos los tiempos, y su Liverpool jamás caminará sólo. Sin embargo, al bueno de Bill siempre le atormentó no haber podido conseguir el fichaje de Denis Law para su Liverpool.

Fue su amor platónico, el sueño frustrado e imposible de toda su vida. Law nunca llegó a jugar para el Liverpool. Fue el único sueño que Shankly no pudo alcanzar.

(publicado en el blog “Siempre fútbol” del lunes, 12 de Enero de 2009)

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Los ravioles del domingo para ser un buen deportista (Nelson Castro - Argentina)

Recuerdo ese domingo de Marzo de 1952, como el día en que conocí a un crack por primera vez. Terminado el almuerzo salí al jardín de mi casa a ver los trenes que pasaban por enfrente, y jugar a la clásica "bolita".

Vivíamos en Quilmes, en la calle Hipólito Yrigoyen 1228, y los trenes pasaban para la ciudad de La Plata con gente para el hipódromo y alguna cancha (Estudiantes o Gimnasia), y a su vez con hinchas del equipo que hacía de visitante a Constitución.

Frente a casa, en la vereda, había un frondoso árbol que daba mucha sombra y se sentía mucha música, subiéndome a la parecita y reja del frente, veo bajo el árbol a un hombre limpiando un Mercedes Benz de la época color verde aceituna con un trapo, sacándole la tierra, y la radio del auto a 'todo trapo' escuchando tangos.

La tarde de sol daba para la siesta, pero a mí no me gustaba, este señor me resultaba cara conocida y silbaba junto con los tangos, entro y le digo a Tito, mi papá: "en la vereda hay un hombre limpiando un auto y me resulta cara conocida", mi padre trabajaba en la agencia Chevrolet de Quilmes y pensó que podría ser alguien de la agencia, cuando sale lo ve y me dice: "se llama Félix Loustau y es de la Máquina de River".

Tito se acerca y le pregunta si ese domingo no jugaba, eran cerca de las 14 y los partidos comenzaban a las 15.30, "Sí" -le contesta -lo que pasa es que vine a comer unos ravioles a la casa de unos amigos a Berazategui, y las calles eran de tierra y se me ensucio el auto-, a todo esto, los trenes pasaban repletos para ambos lados con hinchas tanto de fútbol como "burreros".

El 'crack', con un balde que le había prestado Tito, seguía limpiando tranquilamente su auto, y yo mirando a ese hombre que tantas veces había escuchado por la radio en las voces de Bernardino Veiga y Fioravanti.

Terminada la limpieza, don Félix le agradeció el agua a Tito, subió a su Mercedes verde oliva y se perdió en el fondo de la avenida Yrigoyen rumbo al Monumental escuchando los tangos de la época. Nos quedamos con el vecino comentando lo de los ravioles y si llegaría a tiempo para el partido.

La expectativa fue grande hasta el momento que River salió a la cancha y el comentarista dijo: "Labruna y Loustau", no estuvimos tranquilos, yo ya era hincha de Boca y de Quilmes, pero tener la suerte en esa época de charlar con un ídolo y jugador internacional de selección en la vereda de tu casa, no era cosa de todos los días; cada vez que el relator decía la "la agarra Loustau" mi viejo decía "ya se le bajaron los ravioles" y hasta que terminó el partido estuvimos al lado de la radio esperando su gol.

¡Cómo cambiaron los tiempos!, hoy las concentraciones, prácticas y dietas hacen un atleta que cobra millones, y si se toma un tinto con el doping lo defenestran para todo el viaje... no creo que la raviolada de Félix con sus amigos ese domingo fuera acompañada de agua o leche, creo que más bien fue con unos buenos tintos y "tuquito" con bastaste pan, parados horas después sentir en el Monumental su nombre coreado por miles de hinchas que nunca se enteraron que su ídolo era de buen diente y gran tanguero.

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Gol argentino (Héctor Marcó - Argentina)


Por mi casaca blanca y celeste, Copa del Mundo.

Por la legión de todos esos que alzan su gloria,
en la gramilla o en el tablón.

Por ese hincha que los domingos
deja en el fútbol su pecho a tajos,
cuando la loca de doce gajos
busca los puntos de la ilusión.

Por el canilla, por el purrete
que atrás del arco grita su verbo
dejo este tango para el recuerdo,
como un golazo del corazón.

Los once leones del cuadro argentino
ya están en la cancha midiendo al rival.

Ya suena el silbato, ya el arco enemigo
de miedo en sus redes parece temblar.

La esférica danza su loca pirueta,
la hinchada delira caldeándose al sol.

Y a músculo y nervio sedientos de meta
van cinco saetas en busca del gol.

De pronto un pase del eje medio,
un wing se corta centrando al field.

La toma un ágil, driblea un hombre,
ya las tribunas están de pie.

Empieza el vino, gran remolino,
pase y gambeta, suena un tapón
¡Goool!

Gol en el aire, gol argentino,
y a la criolla nace un campeón.

La estrella del fútbol rutila en el Plata,
nació en un potrero de un pie sin botín.

De un pie de lauchita, de un barrio de lata,
por eso es suburbio shoteando en un team.

El mundo te aclama, campeón de campeones,
mi blanca y celeste casaca inmortal.

Un hurra a esos cracks que te dieron honores.¡Hurra!
Silencio, muchachos, por los que no están.

De pronto un pase del eje medio,
un wing se corta buscando el gol.

Gol en el aire, gol argentino
y a la criolla nace un campeón.

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Argentina-Brasil, Mundial 90. A los 25’ del segundo tiempo digo: “Caniggia va a tener una oportunidad, dependerá de él”. Después, Cani mete el gol. De la emoción le golpeo la espalda a Víctor Hugo. Nos abrazamos.
“La chapa de ese gol te deja ir a todos los Mundiales”,
dicen mis amigos. Al bajar del palco, nos cruzamos con Diego. Me muestra el tobillo y me baja la presión. Víctor Hugo y Diego, que tenía un melón en el tobillo, terminaron llevándome. Todo al revés.

(ALEJANDRO APO, periodista deportivo argentino)

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El fútbol es un deporte de hombres dulces, es un deporte de hombres que se quieren con locura.

(WASHINGTON CUCURTO, escritor argentino)

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Nadie puede engañar el deporte, pues el deporte exige, sobre todo, un gran trabajo espiritual.


(JEAN COCTEAU [1889-1963], poeta, novelista, dramaturgo, pintor, diseñador, crítico y cineasta francés)

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La pena máxima (Antonio Larrey - España)


PRIMERA PARTE

El estadio ha enmudecido en un instante. Cien mil gargantas que hasta hace tan solo un segundo jaleaban al delantero con delirio, con el alma puesta en el pecho en cada suspiro, se han callado por completo. La tensión se palpa en el aire y podría cortarse con un cuchillo, si es que alguien tuviera tiempo para semejantes experimentos.

Ahora sólo hay alma y corazón, sobre todo corazón, para un pedazo de cuero que descansa probablemente ajeno a todo, condenado a sufrir el maltrato de sus creadores sobre un pequeño círculo de cal. El campeonato nacional está en juego, de la gloria al desastre hay apenas nueve metros y dos segundos, los que tardará la pelota enviada por el delantero en resolver tanto misterio concentrado en tan poco tiempo. De poco servirán entonces las anteriores victorias, las goleadas, las grandes tardes de fútbol, nadie se acordará de nada, excepto de si aquel día el delantero de moda marcó o no el gol que dio el título al equipo.

El destino ha querido demasiadas cosas esta noche. Por un lado que el primero y uno de los últimos clasificados se jugaran la liga en el último minuto. El equipo más modesto se juega tanto o más que el posible campeón, se juega seguir vivo porque su excéntrico presidente, que llegó al palco para cargarse de millones y de fama, ha anunciado que si el equipo desciende lo vende al mejor postor. Pero el destino no tenía bastante con eso y ha hecho del partido una agonía más. Todos los demás han terminado, y tal y como están ahora las cosas, con empate, el modesto se salva y el campeón no lo será. Noventa minutos de la misma historia, el modesto lanzando pelotazos de su campo y el grande bombardeándolo cada vez con menos criterio artístico y más corazón. Y es el destino, que es como un escritor caprichoso y desconsiderado, quien ha dispuesto esta última escena.

El delantero de moda del país se adentra en el área, regatea en un metro a un par de defensas que a la desesperada se han lanzado a por él mientras que un tercero que no ha medido tanto su asedio ha rebanado sus piernas a media altura provocando un indiscutible penalti. Entonces fue cuando el público rompió en alegría; en ese momento el triunfo parecía hecho, nadie en pleno delirio podía imaginarlo de otro modo. Pero durante los segundos en los que se ha ido organizando la escena -con el portero situándose bajo los palos, el delantero pisando el césped que rodea al balón para facilitar un correcto golpeo, el árbitro colocando al resto de los jugadores- la euforia se ha ido transformando en duda. La fe del ser humano es así, es como las hojas que se caen en otoño, una leve brisa de duda y caen al suelo como fruta madura. Y de ahí el silencio.

Cada uno espera estos instantes como puede: unos miran a otro lado y esperan que el resto con sus gritos le anuncie el desenlace; otros se tapan el rostro a intervalos caóticos, dependerá de su valentía en el momento final que lo vean o no; y la mayoría se aferra a sus creencias para lograr la confabulación de sus mayores, esos que descansan en el imaginario común y particular, incluso recordando frases del tipo "Dios mío ayúdame" que no pronunciaban desde la más tierna infancia. Pero en el aire hay una enorme luz que les da a todos esperanzas, quien va a lanzar la pelota es el mejor jugador de la historia -eso dijo una prestigiosa revista especializada-, con su edad lo ha hecho casi todo menos esto: ganar un campeonato.

Máximo goleador, uno de los mejores del continente, internacional y el mejor tirador de penaltis del mundo entero, jamás ha fallado uno y ha tirado decenas en su carrera. Aunque son evidencias que descansan en la profundidad de cada uno cubiertas por una enorme capa de temor e incertidumbre. Y el destino, ese que es tan juguetón, ha querido que en el escenario del área se concentren dos conceptos opuestos de lo que es el fútbol: un delantero que quiere ver el cuero besar la red y el portero que sueña con no recogerlo nunca más de ella. El joven triunfador, el maduro portero que prometía y prometía y acabó fracasando. El genio y el demonio -que lo sabe todo por lo que ha vivido-. El portero sabe que si el delantero, como es imaginable, lanza como sabe y el balón acaba en la red, su carrera habrá terminado para siempre, nunca más volverá a los grandes campos, a sentir el delirio de la primera división, acabará en campos de mala muerte o como comercial de una marca deportiva. Es su última oportunidad, el clavo al que debe asirse y es evidente que está ardiendo.

La escena sigue su curso, el delantero ya ha colocado el balón besándolo antes. El portero salta un par de veces en el sitio y mueve los brazos como haría un espantapájaros si de golpe tomara vida. El delantero se aleja, siempre mirando al balón, sin querer enfrentarse a los ojos del portero, que sigue saltando. El murmullo del público va creciendo. El delantero frena su marcha atrás, respira e inicia la carrera. Un paso, dos, tres, cuatro y por fin su pierna se estira, primero hacia atrás y después hacia delante, hasta que su bota golpea el cuero. Éste se desliza raso sin demasiada convicción, el portero se inclina hacia el otro lado y con los ojos desencajados comprueba cómo le han engañado, pero el balón se va acercando a la portería a la vez que se aleja porque acaba saliendo a medio metro del poste ante el aullido general...

SEGUNDA PARTE

Está abrazado a su pecho. Aún guardan en la respiración la resaca de la batalla, en oleadas de suspiros que como el mar mueren en la arena que es ya el recuerdo de sus cuerpos formando parte de uno solo. Le encanta sentir la piel suave e incluso imaginar cómo se va durmiendo mecido por esa dulce resaca. No soporta a los hombres con demasiado pelo, por eso le gustó tanto desde la primera vez. Luego ha habido tantas cosas que le han ido subyugando que cree haber nacido para amarlo. Hoy ha sido un día duro para los dos, han vivido un momento demasiado tenso y el reencuentro ha servido para que esa tensión saliera a golpetazos pélvicos, el uno contra el otro. Casi no han hablado pero él, que acaricia su pelo con ternura, por fin tiene deseos de romper el silencio.

-¿Sabés una cosa? -le susurra casi al oído.

-No -responde sin darse la vuelta, algo sumergido en su interior, como si en el fondo la persona que a su espalda le habla y que un segundo atrás mordisqueaba fuera de sí su cuerpo no fuera más que un desconocido que le pregunta la hora en la calle.

-Creo que no te he dado las gracias todavía.

-¿Gracias por qué?

-Por lo de esta noche.

-Pero otras veces eres tú quien me recibes y no te doy las gracias... no te entiendo.

-No, tonto -le besa cariñosamente en la oreja-, gracias por fallar el penalti.

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