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Gol argentino (Héctor Marcó - Argentina)


Por mi casaca blanca y celeste, Copa del Mundo.

Por la legión de todos esos que alzan su gloria,
en la gramilla o en el tablón.

Por ese hincha que los domingos
deja en el fútbol su pecho a tajos,
cuando la loca de doce gajos
busca los puntos de la ilusión.

Por el canilla, por el purrete
que atrás del arco grita su verbo
dejo este tango para el recuerdo,
como un golazo del corazón.

Los once leones del cuadro argentino
ya están en la cancha midiendo al rival.

Ya suena el silbato, ya el arco enemigo
de miedo en sus redes parece temblar.

La esférica danza su loca pirueta,
la hinchada delira caldeándose al sol.

Y a músculo y nervio sedientos de meta
van cinco saetas en busca del gol.

De pronto un pase del eje medio,
un wing se corta centrando al field.

La toma un ágil, driblea un hombre,
ya las tribunas están de pie.

Empieza el vino, gran remolino,
pase y gambeta, suena un tapón
¡Goool!

Gol en el aire, gol argentino,
y a la criolla nace un campeón.

La estrella del fútbol rutila en el Plata,
nació en un potrero de un pie sin botín.

De un pie de lauchita, de un barrio de lata,
por eso es suburbio shoteando en un team.

El mundo te aclama, campeón de campeones,
mi blanca y celeste casaca inmortal.

Un hurra a esos cracks que te dieron honores.¡Hurra!
Silencio, muchachos, por los que no están.

De pronto un pase del eje medio,
un wing se corta buscando el gol.

Gol en el aire, gol argentino
y a la criolla nace un campeón.

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Argentina-Brasil, Mundial 90. A los 25’ del segundo tiempo digo: “Caniggia va a tener una oportunidad, dependerá de él”. Después, Cani mete el gol. De la emoción le golpeo la espalda a Víctor Hugo. Nos abrazamos.
“La chapa de ese gol te deja ir a todos los Mundiales”,
dicen mis amigos. Al bajar del palco, nos cruzamos con Diego. Me muestra el tobillo y me baja la presión. Víctor Hugo y Diego, que tenía un melón en el tobillo, terminaron llevándome. Todo al revés.

(ALEJANDRO APO, periodista deportivo argentino)

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El fútbol es un deporte de hombres dulces, es un deporte de hombres que se quieren con locura.

(WASHINGTON CUCURTO, escritor argentino)

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Nadie puede engañar el deporte, pues el deporte exige, sobre todo, un gran trabajo espiritual.


(JEAN COCTEAU [1889-1963], poeta, novelista, dramaturgo, pintor, diseñador, crítico y cineasta francés)

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La pena máxima (Antonio Larrey - España)


PRIMERA PARTE

El estadio ha enmudecido en un instante. Cien mil gargantas que hasta hace tan solo un segundo jaleaban al delantero con delirio, con el alma puesta en el pecho en cada suspiro, se han callado por completo. La tensión se palpa en el aire y podría cortarse con un cuchillo, si es que alguien tuviera tiempo para semejantes experimentos.

Ahora sólo hay alma y corazón, sobre todo corazón, para un pedazo de cuero que descansa probablemente ajeno a todo, condenado a sufrir el maltrato de sus creadores sobre un pequeño círculo de cal. El campeonato nacional está en juego, de la gloria al desastre hay apenas nueve metros y dos segundos, los que tardará la pelota enviada por el delantero en resolver tanto misterio concentrado en tan poco tiempo. De poco servirán entonces las anteriores victorias, las goleadas, las grandes tardes de fútbol, nadie se acordará de nada, excepto de si aquel día el delantero de moda marcó o no el gol que dio el título al equipo.

El destino ha querido demasiadas cosas esta noche. Por un lado que el primero y uno de los últimos clasificados se jugaran la liga en el último minuto. El equipo más modesto se juega tanto o más que el posible campeón, se juega seguir vivo porque su excéntrico presidente, que llegó al palco para cargarse de millones y de fama, ha anunciado que si el equipo desciende lo vende al mejor postor. Pero el destino no tenía bastante con eso y ha hecho del partido una agonía más. Todos los demás han terminado, y tal y como están ahora las cosas, con empate, el modesto se salva y el campeón no lo será. Noventa minutos de la misma historia, el modesto lanzando pelotazos de su campo y el grande bombardeándolo cada vez con menos criterio artístico y más corazón. Y es el destino, que es como un escritor caprichoso y desconsiderado, quien ha dispuesto esta última escena.

El delantero de moda del país se adentra en el área, regatea en un metro a un par de defensas que a la desesperada se han lanzado a por él mientras que un tercero que no ha medido tanto su asedio ha rebanado sus piernas a media altura provocando un indiscutible penalti. Entonces fue cuando el público rompió en alegría; en ese momento el triunfo parecía hecho, nadie en pleno delirio podía imaginarlo de otro modo. Pero durante los segundos en los que se ha ido organizando la escena -con el portero situándose bajo los palos, el delantero pisando el césped que rodea al balón para facilitar un correcto golpeo, el árbitro colocando al resto de los jugadores- la euforia se ha ido transformando en duda. La fe del ser humano es así, es como las hojas que se caen en otoño, una leve brisa de duda y caen al suelo como fruta madura. Y de ahí el silencio.

Cada uno espera estos instantes como puede: unos miran a otro lado y esperan que el resto con sus gritos le anuncie el desenlace; otros se tapan el rostro a intervalos caóticos, dependerá de su valentía en el momento final que lo vean o no; y la mayoría se aferra a sus creencias para lograr la confabulación de sus mayores, esos que descansan en el imaginario común y particular, incluso recordando frases del tipo "Dios mío ayúdame" que no pronunciaban desde la más tierna infancia. Pero en el aire hay una enorme luz que les da a todos esperanzas, quien va a lanzar la pelota es el mejor jugador de la historia -eso dijo una prestigiosa revista especializada-, con su edad lo ha hecho casi todo menos esto: ganar un campeonato.

Máximo goleador, uno de los mejores del continente, internacional y el mejor tirador de penaltis del mundo entero, jamás ha fallado uno y ha tirado decenas en su carrera. Aunque son evidencias que descansan en la profundidad de cada uno cubiertas por una enorme capa de temor e incertidumbre. Y el destino, ese que es tan juguetón, ha querido que en el escenario del área se concentren dos conceptos opuestos de lo que es el fútbol: un delantero que quiere ver el cuero besar la red y el portero que sueña con no recogerlo nunca más de ella. El joven triunfador, el maduro portero que prometía y prometía y acabó fracasando. El genio y el demonio -que lo sabe todo por lo que ha vivido-. El portero sabe que si el delantero, como es imaginable, lanza como sabe y el balón acaba en la red, su carrera habrá terminado para siempre, nunca más volverá a los grandes campos, a sentir el delirio de la primera división, acabará en campos de mala muerte o como comercial de una marca deportiva. Es su última oportunidad, el clavo al que debe asirse y es evidente que está ardiendo.

La escena sigue su curso, el delantero ya ha colocado el balón besándolo antes. El portero salta un par de veces en el sitio y mueve los brazos como haría un espantapájaros si de golpe tomara vida. El delantero se aleja, siempre mirando al balón, sin querer enfrentarse a los ojos del portero, que sigue saltando. El murmullo del público va creciendo. El delantero frena su marcha atrás, respira e inicia la carrera. Un paso, dos, tres, cuatro y por fin su pierna se estira, primero hacia atrás y después hacia delante, hasta que su bota golpea el cuero. Éste se desliza raso sin demasiada convicción, el portero se inclina hacia el otro lado y con los ojos desencajados comprueba cómo le han engañado, pero el balón se va acercando a la portería a la vez que se aleja porque acaba saliendo a medio metro del poste ante el aullido general...

SEGUNDA PARTE

Está abrazado a su pecho. Aún guardan en la respiración la resaca de la batalla, en oleadas de suspiros que como el mar mueren en la arena que es ya el recuerdo de sus cuerpos formando parte de uno solo. Le encanta sentir la piel suave e incluso imaginar cómo se va durmiendo mecido por esa dulce resaca. No soporta a los hombres con demasiado pelo, por eso le gustó tanto desde la primera vez. Luego ha habido tantas cosas que le han ido subyugando que cree haber nacido para amarlo. Hoy ha sido un día duro para los dos, han vivido un momento demasiado tenso y el reencuentro ha servido para que esa tensión saliera a golpetazos pélvicos, el uno contra el otro. Casi no han hablado pero él, que acaricia su pelo con ternura, por fin tiene deseos de romper el silencio.

-¿Sabés una cosa? -le susurra casi al oído.

-No -responde sin darse la vuelta, algo sumergido en su interior, como si en el fondo la persona que a su espalda le habla y que un segundo atrás mordisqueaba fuera de sí su cuerpo no fuera más que un desconocido que le pregunta la hora en la calle.

-Creo que no te he dado las gracias todavía.

-¿Gracias por qué?

-Por lo de esta noche.

-Pero otras veces eres tú quien me recibes y no te doy las gracias... no te entiendo.

-No, tonto -le besa cariñosamente en la oreja-, gracias por fallar el penalti.

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Manel Grau era vicepresidente del FC Barcelona en 1973 y la Comisión Directiva se reunió en Palamos (Girona). La razón es que desde Madrid se quería que el Barça retirara de la directiva a: Raimon Carrasco, Josep Lluís Vilaseca, Gonçal Lloveras y Ferran Ariño todos ellos miembros de la directiva de Agustin Montal (foto), y asistieron por parte del Gobierno Central un jovencisimo Adolfo Suárez (era el director General de TVE), Juan Gich (que habia sido Gerente de la entidad, pero ahora estaba en el otro bando) y Bech Careda que eran miembros de la Direción General de Deportes. La razón es que eran considerados "catalanistas" y por lo tanto "peligrosos" para el régimen.
Se debía consensuar la Junta Directiva que dirigiría al FC Barcelona. Adolfo Suárez manifestó que prefería no meterse y fueron el subsecretario de Gobernación: Rodríguez de Miguel, Juan Gich quienes pactaron que Carrasco, Vilaseca, Lloveras pudieran entrar en la Junta, Ariño quedaría como en un segundo plano.
Y es que durante muchos años, las Juntas Directivas eran elegidas ‘a dedo’ desde la Capital de España y siempre entre personas afines al gobierno.
Como el propio Agustín Montal reconoce, ser presidente del Barça en aquella época era muy duro, ya que el Barça tenía encima los ojos del centralismo y sobre todo de la Dirección General de Deportes que dependía directamente del Ministerio del Movimiento y el mero hecho de hablar en catalán, incluso por la megafonía del estadio era "pecado". Tanto que en un partido ocurrió la siguiente anécdota:
Se dió un aviso por megafonía. El Ministro de la Gobernación que estaba invitado preguntó:
- ¿Qué idioma están hablando? -preguntó el Ministro.
- El Catalán. Ha sido una decisión de la Asamblea del club -le contestó Montal.
- La Asamblea del Barça es el acto politico antifranquista más importante que se ha hecho desde la Guerra. Si hablan este idioma otra vez, te lo diré en otro sitio y de otra manera -contestó el Ministro.

(tomado de la página “Mushofútbol”)

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Se puede disponer de las mejores instalaciones y contratar a los mejores jugadores del mundo, pero la llave del éxito la tiene el entrenador.

(STEFAN KOVACS [1920-1995], entrenador húngaro, recordado por su gran paso en el Ajax de Johan Cruyff)

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Si se va Pekerman sería como perder un tesoro.

(JULIO GRONDONA, Presidente de la A.F.A., Junio de 1997)

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Bobby Charlton



Fecha: 1970
Lugar: Ipswich, Inglaterra
Fotógrafo: Peter Robinson

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Bloopers del fútbol

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¿Cómo fue su llegada al Nantes?

Jugaba en Boca Juniors y le convertí cuatro goles al Málaga durante un partido amistoso. Cuando regresó a la Argentina, le dije al Presidente: "Ahora véndame”. Durante esa gira por España me di cuenta del mundo que para mí y para mi familia podría descubrir a través del fútbol.

En Nantes, los jugadores argentinos ya estaban de moda en ese momento...

Buscaban un ‘9’ y Ángel Marcos, les dijo acerca de la cantidad de goles que hice en Boca. También tengo una historia. Habían pedido referencias mías a Hugo Bargas, quien también fue mi compañero en Nantes, acerca qué tipo de jugador y la persona era yo. Él les dijo que yo era un goleador de primera clase, pero fuera del campo, no sé por qué, nunca le había dicho "hola" a nadie. Yo era un tipo que saludaba a la gente en realidad.

¿Por qué?

Yo era muy introvertido y no me gustaba escuchar a la gente. Yo estaba tratando de marcar goles y hablar en el campo, no más. Yo nunca hablaba mucho, pero las personas que me conocen dicen que hoy hablo en nombre de todo lo que yo no hablé cuando era joven.

Después de sólo seis meses en Nantes, donde también se las arregló para terminar como máximo goleador, se va a Metz...

Yo no fui a Metz, pero acepté su oferta, porque éramos seis extranjeros para los tres lugares en Nantes. Fue una lucha constante entre nosotros. Mis amigos pensaban que estaba cometiendo un error al ir al Oriente, donde hacía tanto frío, en un club de mitad de tabla, pero gracias a Dios estuve allí y fue el equipo más prolífico de la liga. Incluso ha fracasado en ganar la Copa de Francia.

Se le llamaba el "artillero de Metz"...

Sí, hemos formado un gran dúo con Michael Braun y es allí cuando se cantaba “¡Hugo! Hugo! Hugo!”

(HUGO CURIONI, formidable goleador argentino de la década del '70, en una entrevista publicada en la página del periodista francés Nicolas Deltort, 19/09/09)

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Si todas las personas que dicen haber estado en la final del Mundial 1950 frente a Uruguay realmente hubieran concurrido, el público presente esa tarde en el Maracaná tendría que haber sido de más de un millón de espectadores.

(JO SOARES, humorista brasileño)

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Yo tengo una costumbre cuando tomo un plantel, les digo: Muchachos, todos suplentes. Cuando yo los pongo, no me agradezcan, no me regalen nada, pero cuando los tengo que sacar hay que aguantársela... porque si no los voy a pelear en la mitad de la cancha, eh... Yo 'paro la chata' desde el vamos.

(JORGE "el Indio" SOLARI, ex jugador y entrenador argentino)

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Ramón 'Cabezón' Mifflin Páez era entrenador de Sport Boys de El Callao y un día le pidió a los dirigentes que contraten a un delantero extranjero para que refuerce el ataque de su equipo, que llevaba varias fechas en preocupante sequía goleadora. El presidente 'rosado' decidió incorporar a un delantero argentino que fue suplente del famoso artillero Martín Palermo en Estudiantes de La Plata. Durante la conferencia de prensa de presentación del nuevo futbolista porteño, Mifflin se acercó a un periodista que cubría el evento y le preguntó quién era el jugador, de qué jugaba, qué perfil tenía, si era goleador y de qué club venía.
El reportero, muy sorprendido por la consulta del 'Cabezón', le respondió que se trataba de Martín Fúriga (foto), que era delantero, que su pierna fuerte era la izquierda, que solía meter goles cuando reemplazaba al 'Loco' Palermo y que jugaba en Estudiantes de La Plata antes de recalar en El Callao. Mifflin escuchó las referencias, se quedó tranquilo, después hizo uso del espigado Fúriga en cuanto partido pudo del torneo local, pero el ariete rioplatense no marcó gran diferencia y volvió a su país al poco tiempo.
Hasta hoy el periodista se pregunta a sí mismo como el entrenador de Sport Boys no sabía nada de su nuevo pupilo en el año 2001.

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¿Cómo debe comentarse un partido de fútbol?


Indudablemente hubo un cambio en la manera de comentar el fútbol. En el pasado se trataba sólo de contar el partido, de narrarlo. No se aventuraban juicios personales. No había incursiones en lo técnico. El cronista era un espectador más.
Pero desde hace unos años se viene operando una transformación. Se intenta juzgar. Se utilizan argumentos tácticos. El cronista es un técnico más.

En muchos casos se ha pasado de un extremo a otro; es decir, de elogiar todo porque sí, por rutina, saltamos a criticar todo porque sí, también por rutina. Antes aquello, que era malo por sensiblero. Ahora esto, que es malo por destructivo.

Personalmente creo que esto no es más que un proceso de evolución, en el que aparecen exageraciones, como en cualquier orden de la vida, hasta que llega la decantación, y entonces luego sí la identificación de los auténticos valores. Me parece positiva la nueva inquietud de los cronistas por averiguar los secretos futbolísticos y transmitirlos al público. Eso es bueno. Pero no hay que olvidar que el fútbol es pasión, y que comentar un partido de fútbol no es dar una lección de tácticas, sino también penetrar y participar de un hecho que por ser masivo y por ser popular es parte de nuestra apasionada manera de vivir.

Hoy se prestan a responder a nuestra pregunta cronistas de la antigua modalidad, cronistas de la nueva modalidad, periodistas de otras actividades y críticos de arte. Quizá alguien se sorprenda de encontrar a un crítico de cine o de música en esta encuesta, pero aclaro que aquí no se trata de hablar de fútbol, sino de actitudes críticas, de formas críticas. Por eso responden aquí.

Nuestros encuestados son: Borocotó, de los que hicieron El Gráfico; Edmundo Eichelbaum, crítico de teatro de El Mundo y de cine en Radio Municipal; Calki, decano cronista de cine; Jorge Rodríguez Duval, joven y maduro periodista; Bernardo Neustadt, creador de una modalidad periodística; Juvenal, Osvaldo Ardizone (los dos son de la casa); Jorge D’Urbano, crítico musical, y Alberto Laya, estilista, jefe de deportes de La Nación.

BOROCOTÓ
Crítico de revista “El Gráfico”
Se producen partidos claros, fáciles para el comentario, así como otros muy complicados, en los que “pudo ser lo que no fue” y que incluimos en un denominador común: “cosas del fútbol”. Me sería fácil enumerar muchísimos de éstos cuya explicación hay que hallarla hurgando en la trastienda, pero la lista sería muy extensa. Remitiéndome a los cotejos normales, presto mucha atención al desempeño de los medios porque, a mi entender, brindan un rumbo para el comentario. No obstante, admito que no hay regla fija. Es la experiencia, es el conocimiento que se tiene acerca de capacidades individuales y colectivas de equipos lo que ayuda al comentarista. A veces encuentro una colaboración en los recuerdos, ventaja de los que hace rato tenemos escarchado el techo del rancho...

EDMUNDO EICHELBAUM
Crítico de Teatro
El partido de fútbol es un espectáculo dramático, en la medida en que existen dos fuerzas en conflicto. Es también un espectáculo plástico, ya que el deporte genera movimientos, ritmos, dinámica, que se manifiestan corporalmente en los jugadores. Y es un espectáculo técnico, porque ese deporte posee sus reglas y sus recursos propios, que cada jugador y cada equipo dominan en determinada magnitud. El comentario de fútbol debe reflejar fundamentalmente lo que ocurrió en la cancha respecto de esos tres órdenes, en el plano colectivo y en el plano individual, valorando cada uno de los aspectos y ofreciendo un balance total. Además, en nuestro país es el deporte popular por excelencia, lo que comprende una fuerte carga sentimental en el espectador y en el hincha, y eso debe ser contemplado en cierto modo, sin disminuir la importancia mayor de los otros tres aspectos.

JORGE RODRÍGUEZ DUVAL
Crítico de diario “El Mundo”
Comentar un partido de fútbol sugiere, fundamentalmente, contarlo. La base está allí. No se trata de volcar necesariamente el hecho, para después desmenuzarlo. Tampoco el periodista debe caer en el análisis subjetivo, agrio, muchas veces desalmado.
El periodismo evoluciona, como cualquier orden de la vida. De la misma manera se supone que el lector sabrá digerir las disquisiciones del comentarista. Sólo, para el caso, se requiere un término medio que contemple cualquier situación. Pensar que el fútbol es una actividad que apasiona a todas las clases sociales. Y que cuando hablamos o escribimos de él, comprendamos que nos están leyendo o escuchando un médico, un político, un obrero, un empleado.

BERNARDO NEUSTADT
Periodista de intensa trayectoria
No hay líneas rígidas. Ni fundamentos clásicos. Quien se quiera ajustar a tales estrecheces mentales, desde ya es antiguo. Comentar es tener una óptica. Si se me exigiera definiciones siempre flexibles diría: ni dedicarse exclusivamente al clima, ni aburrir y aburrirse en abstracciones filotécnicas, en lenguaje intelectualizado. Ni el “ayer” de fabricantes de falsos mitos, ni el hoy destructor por actitud espectacular. Personalmente no abandonaría el campo social que ofrece el fútbol. No lo desvincularía del país-país. Trataría de probar que el individualismo del siglo XVIII o XIX ha “muerto en una cancha de fútbol”. Que los países tienen buen fútbol si alcanzan su desarrollo. Y si no tienen desarrollo, por lo menos tienen “orgullo nacional”. Trataría de crear mitos sobre bases sólidas. Y me abrazaría a ellos con espíritu de conjura. Tenemos necesidad de volver a adorar algo. No negarnos. No autodestruirnos. No sería complaciente, pero tampoco iracundo gratuito. Iría al estadio con fervor, no con espíritu lípido. Comentaría para servir, no para servirme.

CALKI
Crítico de Cine
Un partido de fútbol está allí, desarrollándose sobre la cancha, del mismo modo que una película desarrolla su acción sobre la pantalla. Debe ser sencillo, para el crítico, mirar y juzgar objetivamente. Es el precepto número uno. Desde luego, a una perfecta objetividad se llega desprendiéndose de todo partidismo. Después, en segundas y terceras instancias, llega aquello del conocimiento, de la sensibilidad y el talento, que puede llegar a construir un estilo. La tarea de un crítico es siempre difícil. Creo que cuando llegue a la perfección se quedará sin amistades.

JUVENAL
Crítico de revista “El Gráfico”
Con sentido crítico. Es no quiere decir con acritud. Con criterio pedagógico. Eso no significa deshumanizarse. Con objetividad. Es decir: hablando de lo que uno realmente vio. No de lo que quiso ver o llevaba previsto ver. Con la preocupación permanente de darle al lector o al oyente, un panorama total del juego. Al mismo tiempo con la inquietud técnica de marcar aciertos y errores individuales, explicando los motivos de elogio o de crítica. Tratando de usar el idioma con fluidez y si es posible con elegancia. Con una pizca de ironía. Pero midiendo mucho lo que se dice, para no caer en un concepto erróneo por hacer una frase bonita o intercalar un dicho gracioso. Lo que interesa fundamentalmente es que el concepto sea justo para el actor. Y claro para el que lee o escucha.

JORGE D’URBANO
Crítico musical de diario “El Mundo”
Se me ocurre que la crítica de fútbol debe tener las tres condiciones de cualquier clase de crítica: sinceridad, conocimiento y claridad. La primera porque el crítico siempre debe decir lo que piensa; la segunda porque el crítico debe saber por qué piensa así; la tercera porque cualquier crítica es inútil si los demás no la entienden. Quiero agregar que la crítica de fútbol se me imagina de tremenda dificultad. Por lo menos, eso es lo que piensa de ella un crítico musical.

ALBERTO LAYA
Jefe de deportes del diario “La Nación”
No ser corto de vista ni tener úlceras. Conocer gramática. Poder de captación, poder descriptivo, poder de convicción, poder poder. No ponerse de acuerdo con nadie para coincidir en una jugada o en un gol. Ver con los ojos de uno mismo. La miopía mental es más deplorable que la miopía óptica. No llegar a la cancha al comenzar el segundo tiempo ni irse de ella al terminar el primero. Preferir el contenido al continente. Si se consiguen las dos cosas, tanto mejor. Y ser, al fin, lo suficientemente veraz como para que el lector, en su afán de saber lo que pasó y cómo pasó, no compre otro diario. Eso sería un harakiri periodístico porque el papel cada vez está más caro. ¡Ah...!, me olvidaba. Saber lo que es fútbol y no simpatizar exageradamente con ningún equipo, con ningún club, con ningún dirigente ni con ningún aguatero.

OSVALDO ARDIZZONE
Crítico de revista “El Gráfico”
Se da “por aprobada” la lección tan difundida de la objetividad, ecuanimidad, sinceridad, idoneidad, dad..., dad..., dad...
Además de todo eso, es importante que el comentario de un partido califique el juego, alcance a descifrar el porqué de un resultado o de una superioridad, transmita la característica de los equipos al margen de ese partido y haga conocer a la opinión una opinión sobre los jugadores.
Además de todo eso, es importante que el comentarista no muestre especial vocación por administrar justicia en los resultados, que generalmente no sirve para nada. El excesivo celo en debitar y acreditar los shots en los palos, los penales no cobrados, las atajadas heroicas, los centros malogrados, los córners cedidos forzados, las oportunidades “perdidas”, el arbitraje “mal intencionado”, no esclarece nada.
Además: el vuelo de la pluma. Que esté bien escrito es, al cabo, lo más importante...

(Artículo de Julio Lagos publicado en revista “El Gráfico”, mediados de la década del ‘60)

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El fútbol es siempre un juego de riesgos. Tenemos que asumir esos riesgos. Después de ciertos éxitos en mi carrera, decidí venir aquí. Me siento muy contento de estar en medio del fútbol turco. El fútbol turco ha hecho un gran progreso y está subiendo en Europa. Soy un hombre de trabajo. Vine aquí a trabajar y todo el mundo lo verá durante los dos años. Por mi carácter, siempre intento lo mejor.

(LUIS ARAGONÉS, entrenador español, declarando en Julio de 2008 a "Marca" los motivos que lo llevaban al Fenerbahçe turco, en donde estuvo hasta Junio de 2009)

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Es cierto que se han comparado los estadios con santuarios y que existe mucha afinidad entre la pasión por el fútbol y la religión. Hay, en efecto, un espacio consagrado (el césped), oficiantes (los jugadores), feligreses con un gestualidad codificada similar a la liturgia y toda una serie de actitudes mágico-religiosas. Creo, no obstante, que se diferencia de una religión por el hecho de que el fútbol no aporta ningún mensaje sobre la salvación.

(CHISTIAN BROMBERGER, antropólogo francés)

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El hombre que espera (Alberto Fabián Montagna - Argentina)


Aquel domingo, Juan Carlos, se levantó más temprano que de costumbre.

En la casa todos dormían aún. Salió sin hacer ruido de la habitación y se dirigió al baño.

Entró, prendió la luz y se puso a orinar, después se lavó la cara. Ya un poco más despabilado, preparó las cosas para afeitarse. Se arregló prolijamente el bigote, cuando acabó, limpió con esmero los elementos y los guardó nuevamente en el último cajón. Posteriormente se desnudo frente al espejo. Primero se sacó la camiseta de River con la que hacía años dormía, luego el calzoncillo. Cuando ya estaba completamente desnudo, miró su imagen reflejada en el espejo, en su pubis descubrió un vello de otro color al resto, le llamó la atención que allí estuviera, pero no le prestó mayor atención.

De manera que abrió la ducha y se introdujo en la bañera. El agua tibia cayó sobre su cuerpo, lo relajó. Lo necesitaba. Estaba un poco ansioso y la ducha lo tranquilizaba. Habrá estado bajo el agua unos quince minutos, pero al él le pareció una eternidad. Cerró la canilla y se secó con esmero la cabeza, la espalda las piernas y los pies, mientras lo hacía se acordó del vello encontrado hacía un rato. Se volvió a mirar en el espejo, estuvo a punto de arrancárselo, pero desistió de la idea, después de todo no se notaba tanto.

Se puso desodorante en las axilas y talco en los pies. Peinó sus cabellos con la raya al medio como hacía años. Se vistió lentamente. Había elegido la ropa la noche anterior. Cuando estuvo listo, abrió la puerta tratando de no hacer ruido y se dirigió a la cocina. Allí, Rosa, ya había preparado el desayuno. La saludó con un beso en la mejilla y le musitó algo al oído.

Ella lo miró y sonrió.

Luego se sentó a la mesa mientras ella ponía una taza con café con leche y tostadas delante.

-Dulce de leche y manteca, le preguntó Rosa.

-No, solo manteca, le respondió él.

Luego le alcanzó el diario y se fue a preparar el desayuno para el resto de los habitantes de la casa, que en cualquier momento se levantarían.

Él tomó el desayuno en silencio mientras leía la parte de deportes. Se aseguró del horario del partido: A las cinco.

Ricardo quedó que pasaría a buscarlo para ir juntos a la cancha. Faltaba tanto.

Releyó la formación. Otra vez habían puesto a ese pibe que jugaba de nueve. A él no lo convencía, pero a la gente le gustaba y el pendejo hacía goles.

Luego de leer la parte de deportes, leyó el horóscopo, en sorpresa le decía: Un día muy especial. Y claro que lo sería pensó.

Cuando terminó el desayuno, juntó la taza, y el plato con tostadas y lo llevó a la mesada, guardó la manteca en la heladera y se fue para el living con el diario.

Se sentó en el sillón y leyó lo que le faltaba del diario. Luego prendió el televisor, el Napoli del Diego jugaba contra el Milán y lo quería ver. Un poco por eso y otro porque quería que el tiempo pasara rápido y que de una buena vez llegara el momento de que Ricardo lo fuese a buscar. Hacía tiempo que no iban a la cancha juntos y hoy, después de tanto, al fin lo harían.

El resto de los habitantes de la casa se levantaron y al igual que él fueron a desayunar. Rosa con esmero les fue sirviendo a medida que llegaban a la cocina.

Ángel, cuando finalizó el desayuno, se fue a sentar al living a mirar el partido con él. Mientras, en la cocina, las mujeres ayudaban a Rosa a preparar el almuerzo.

Como todos los domingos comerían ravioles, ya era un clásico y a todos les gustaba el tuco que Rosa preparaba.

El Napoli, con una extraordinaria actuación del Diego, le ganó al Milán 4 a 0.

Lástima que el Diego era bostero, que lindo sería verlo con la de River, pensó Juan Carlos.

A la una en punto todos estaban ubicados para almorzar. Él comió despacio, pero mirando el reloj, ya se acercaba la hora y su ansiedad aumentaba.

Cuando terminaron el postre y el café sonó el teléfono.

Rosa fue la que atendió:
-Geriátrico “La casona”, ¿quién habla?

Desde el otro lado de la línea una voz de hombre pidió por Juan Carlos.

-Ya lo llamo, un segundito, le respondió Rosa.

-Juan Carlos, gritó Rosa desde el living, teléfono.

-¿Quién es?, preguntó él desde la cocina.

-No sé, no le pregunté, pero me parece que es su hijo.

-Hola, ¿Ricardo, sos vos?

-Sí papá, soy yo Ricardo.

Luego de unos minutos, Juan Carlos volvió a la cocina, una lágrima le rodaba por la mejilla.

Les pidió disculpa a todos y se fue a su habitación.

-Otra vez lo dejó cambiado y sin salir, comentó Ángel a los demás, cuando Juan Carlos ya se había retirado.

-Nunca tienen tiempo para nosotros, comentó Norma, mientras ayudaba a Rosa a lavar los platos.

-¿Jugamos un partidito de chinchón?, preguntó Ángel a los que todavía estaban sentados a la mesa.

-Yo me prendo, le contestó Norma secando un plato.

Mientras tanto, Juan Carlos, se desvestía en su habitación, colgó el saco, los pantalones, la camisa y la corbata en el roperito. Puso los zapatos debajo de la cama. Buscó la camiseta de River y se la puso. Se acostó y prendió la “Spica”.

La voz de Costa Febre les daba la bienvenida a todos los hinchas de River y anhelaba un gran triunfo del “Millonario”.

Con la radio de fondo, se quedó medio dormido. Recordó cuando él era jugador, sus tardes de gloria, junto con los otros integrantes de “La Máquina”

Un rato más tarde, cuando se estaba quedando dormido, la voz del relator lo sacó de ese sopor: Goooool de River.

El pendejo, ese que jugaba de nueve y que a él no le gustaba, le daba el triunfo, nuevamente, en el último minuto.

Besó la camiseta y ahora sí se durmió.

Tal vez el próximo domingo o el siguiente, Ricardo, su hijo, tendría tiempo y juntos irían a la cancha.

(mi agradecimiento a Alberto por permitirme publicar este cuento)

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Mucho se ha hablado de la presencia de Carlos Gardel en las concentraciones de los seleccionados de Argentina y Uruguay, en el día previo a la gran final de la Copa del Mundo de 1930, en Montevideo.
Después de saludar a los uruguayos en el lugar donde se hospedaban, Gardel se dirigió a La Barra de Santa Lucía -distante varios kilómetros de la capital uruguaya- donde "velaban sus armas" los argentinos.
Una vez llegado al lugar, según lo relata Pancho Varallo -por aquél tiempo delantero de 19 años, figura de nuestro seleccionado- Gardel se puso a charlar con casi todos muchachos, excepto con Orlandini y Mario Evaristo, porque estaban durmiendo la siesta.
"Lo llevamos a Gardel a la habitación de Orlandini y Evaristo, que dormían como angelitos. La sorpresa de Gardel fue grande cuando vio que esos jugadores argentinos, dormían vistiendo la camiseta celeste y blanca. "¡Como quieren la camiseta!, me comentó Gardel", recordaba Varallo. Después, comieron algo, Gardel cantó un par de tangos (foto) y jugaron un rato a la Lotería.
"Al otro día, fuimos a jugar la final al Centenario -prosiguió Don Pancho- y como algunos compañeros estaban asustados por el entorno, no jugaron todo lo que podían. A mí, que era un pibito, el defensor uruguayo Lorenzo Fernández, me dijo en pleno partido: "mira, botija, apenas agarrés una pelota, te hundo en el césped, te mato".
El otro back, Gestido, que era un señor y que escuchó la conversación, me tranquilizó: "no le hagas caso, botija, jugá tranquilo. Es que Lorenzo es medio loco". Al final, perdimos 4 a 2, pero si el partido seguía quince minutos más, nos hacían siete".

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Tenía un radar en el lugar del cerebro.

(CESARE MALDINI, entrenador italiano, opinando sobre el uruguayo Juan Alberto Schiaffino, su ex compañero en el Milan por seis años)

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Estuve en el Ajax desde 1964 y ahi encontré a un gran técnico que me enseñó a explotar mejor lo que ya sabía desde niño: manejar el balón.


(JOHAN CRUYFF, célebre futbolista y entrenador holandés)

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Ofrendas (Francisco Javier Uriz - España)


Aunque sólo creía en los portentos del agua milagrosa
sabía que los éxitos necesitan su liturgia
y tienen sus servidumbres.

En la ofrenda de trofeos a la Virgen del Pilar
o a la de Monserrat
se borran las diferencias de religión y raza.

En esos momentos de embriaguez y religiosa unción
se lanzan promesas
que jamás se cumplirán:
El año que viene volveremos a ser campeones,
dice alguien que sabe que ni siquiera estará en el equipo.

Y sabiendo que no es verdad
gritamos enfervorizados.


(Mi agradecimiento al Maestro Francisco J. Uriz quien, con toda generosidad, me envió su libro "Un rectángulo de hierba" de donde tomé este poema)

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Una de las historias más extrañas que sucedieron en el Mundial de Brasil de 1950 tiene como protagonista a Joe Gaetjens, jugador de Estados Unidos pero nacido en Haití. El combinado norteamericano llegaba a este campeonato del mundo con cierta inexperiencia y en uno de los partidos de su grupo se tuvieron que ver las caras ante una soberbia Inglaterra, que pensaba que se iba a llevar el Mundial sólo porque en su país el fútbol estaba más avanzado.
Sin embargo, ‘Jo’ Gaetjens se iba a encargar de romper ese sueño. Después de perder ante España y con ya casi ninguna posibilidad de clasificarse para la fase de grupos final, Estados Unidos acabó también con las posibilidades de Inglaterra en el Mundial gracias a un gol del futbolista nacido en la ahora devastada ciudad de Puerto Príncipe. El partido finalizó 1-0 y el tanto de Gaetjens le convirtió en una auténtica leyenda y en el auténtico héroe de aquel encuentro. Aquella derrota fue un duro golpe para Inglaterra y el país lo llegó a etiquetar como “catástrofe”.
Parecía que la vida de Joe Gaetjens iba a cambiar por su gol ante Inglaterra y que todo iba a ser color de rosa... pero nada más lejos de la realidad. El futbolista de Estados Unidos no iba a disfrutar de un final feliz. Después de jugar unas temporadas en Francia, decidió colgar las botas para convertirse en comercial.
Catorce años más tarde de su gol en el Mundial de Brasil regresó a su Haití natal. En 1964 la dictadura de François Duvalier ahogaba todos los sueños de sus ciudadanos y los de Gaetjens no iban a ser menos. El ya ex futbolista fue detenido por la policía secreta y desapareció para siempre. Nadie supo más de él. El hermano de ‘Jo’ movió cielo y tierra para conocer su paradero pero sin ninguna fortuna. Muchos investigadores apuntan a que el futbolista falleció el mismo año de ser arrestado, en 1964, pero sin ninguna prueba convincente que así lo demuestre. ¿El lugar? Nadie lo sabe.
En 1976 la Federación de Fútbol estadounidense incluyó a Joe Gaetjens en su ‘Salón de la Fama’. Un bonito homenaje hacia un héroe que no tuvo un final feliz.

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Bernabé Ferreyra, Moreno, Pedernera, 'Tucho' Méndez o Pontoni antes que grandes jugadores eran hombres. No era sólo la calidad fútbolística, eran las condiciones humanas las que los transformaron en cracks.

(VICTORIO SPINETTO [1911-1990], ex jugador y entrenador argentino)

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El fútbol es un juego muy sencillo. Son los jugadores los que lo hacen complicado.

(GORDON STRACHAN, ex jugador y entrenador escocés)

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Fuerte, abajo y lejos de Michel Foucault (Eduardo Pérsico - Argentina)


Cualquiera que atajara la pelota que a Jorgito Chopin le sacudieron aquel sábado en San Isidro, no hubiera hablado de otra cosa, pero él anduvo por el vestuario exhibiendo los guantes mágicos color rosa recién estrenados que le protegían sus dedos de pianista, y riéndose.

Los locales quisieron mostrarse ante su gente jugando contra Once Corazones un partido durísimo y cuando el loquito Chopin agarró la última pelota con las dos manos, se fueron a llorar a la iglesia...

La gente miraba desde unos escalones sobre parapetos de caños y era una linda tarde para jugar. Un sol de Octubre, muchas minas vistosas, unos pibes rubiecitos chillando y Once Corazones propuesto a jugar prolijo, como siempre, pero chocaron contra un equipo de camisetas de rugby y pierna demasiado fuerte que protestaba todo, así que decidieron no discutir con nadie sin descuidarse atrás.

El ambiente se iría calentando, los jugadores, socios y familiares del San Isidro le reclamaban al referí el reglamento íntegro y ¿qué cobrás, hijo de puta? era lo más suave, y los línea se conviritieron en dos asustados personajes. A los Once también el público los alentaba: ‘negro de mierda’ o ‘judío asqueroso’, y al narigón Aguilera que se divertía al esconderla bajo el pie izquierdo, una señora con un conjunto deportivo blanco; buenísima, le indicó ‘zurdo putito, no te hagas el vivo que te desaparecemos’. Por el segundo tiempo el Nene embocó un gol que casi no gritaron y ni ahí luego toquetearon la bola para perder tiempo.

Había que irse tranquilos y sin calentar a nadie porque ya las mamás de los nenes rubiecitos les puteaban la tercera generación y en el final, uno a cero, cuando el referí apenas miró el reloj tres tipos de pelo engominado entraron al campo y chau ‘fair play’ para gente bien vestida. Uno de bigote cacheteó al juez para recordarle algún artículo escrito en inglés, ‘vos de aquí no salís, la puta que te parió’, otro bigotudo le manoteó el cogote y el partido, reglamentariamente, prosiguió.

De inmediato centro al área de Once Corazones, penal del hombre invisible y en segunda escena del griterío y el Chopin ajustando sus guantes rosas, se ordenó la ejecución. El cuatro alisó el pastito con la pelota pidiendo ‘que no se adelante el arquero’, el referí le gritó a Jorgito ‘no se mueva de la línea’ y quizá sumara algo menos estridente.

El de San Isidro tomó tres pasos de carrera, hamaque de Chopin y la inatajable bola abajo al rincón izquierdo hizo 'chaf’' contra sus guantes y quedó seca. Hubo un silencio metálico, del fondo salieron jugando bien lejos para nadie, el heroico referí se animó a pitar el final y los dueños de casa lo siguieron puteando hasta el vestuario. Pero el hombre sobrevivió.

El penal que atajó Jorgito Chopin fue impresionante pero recién lo comentó en el tren de vuelta con el Quelo Varela, el vendedor de libros.

-El referí era un turro. Sabía adónde pateaba el otro, me gritó no se mueva de la línea pero entredientes me aclaró ‘abajo, a tu izquierda’.

-¿Y eso no fue una demostración de poder con mayúscula?

-Qué lástima Quelo; no le pregunté si había leído a tu amigo Foucault -y los dos se cagaron de risa.

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El reconocido periodista argentino Juvenal escribió en el año 1970 sobre Juan RamónVerón (padre de Juan Sebastián): "Llegó a ser, para Estudiantes de La Plata, tanto o más importante que Pelé para el Santos. Porque al genio de Pelé lo respaldaban otros morenos talentosos y felinos".
Pero a Juan Ramón Verón, en Estudiantes, lo acompañaban el sudor, la virilidad, el sacrificio y la generosidad de otros diez cinchadores, ninguno de los cuales estaba en la cuerda inspirada y sutil de La Bruja. No importaba.
Con esa ayuda, gravitante en el plano espiritual, mínima en el orden estrictamente futbolístico, Verón se las ingenió para darle a Estudiantes momentos memorables. El himno de la hinchada "pincha" en aquellos años decía: "Si ve una Bruja montada en una escoba, ese es Verón, Verón que está de moda".

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El pueblo brasileño sufre mucho, vamos a salir campeones por ellos y por Ayrton Senna.

(BEBETO, ex jugador brasileño, días antes del Mundial USA 1994, dedicando con antelación un título que después obtendría, al recordado piloto)

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Las tácticas dependen de la calidad, no del mero hecho de ponerlas en práctica.

(ERNESTO LAZZATTI, excepcional jugador de Boca Juniors en la década del '40)

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Meninos jogando futebol (Alfredo Volpi - Brasil)

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El reggae de Maradona (Jovine - Italia)

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Llegué a Montevideo en Diciembre de 1973 y tras una reunión con Miguel Restuccia, un dirigente como pocos, solucioné me incorporación a Nacional.
En los primeros días de Enero de 1974 me instalé en Montevideo y trabajaba no menos de diez o doce horas por días. Del Parque Central a Los Céspedes y de nuevo al Parque. Así todos los días... Supervisábamos el trabajo de todas las divisionales. Me encontré con una camada de notables jugadores... Juan Ramón Carrasco, el "Polilla" De Los Santos, Rafael Villazán, Hebert Revetria, Miguel Caillava, José María Muniz, Martín Taborda, Adán Machado, Ricardo Pagola... También en las divisiones menores había jugadores de gran calidad. Recuerdo a Alberto Bica y a Daniel Enríquez -hoy gerente deportivo del club- que militaban en la sexta división y directamente, sin escalas los ascendí a la tercera. Los dos terminaron coronándose campeones del mundo con Nacional. Todos ellos verdaderos profesionales.
Cuando me hice cargo del plantel, solamente Hebert Revetria había debutado en primera, los demás procedían de las divisiones formativas del club. Unas divisiones formativas que supimos dignificar, gracias a nuestro trabajo y principalmemte a la maestría del gran Miguel Restuccia. Le dábamos de comer a ochenta chicos por día en el Parque Central. Se compraban y se tomaban ochenta litros de leche diarios. Porque primero los chicos tienen que comer y después jugar. Si no comen, no pueden entrenar y mucho menos jugar... Es mentira que pueden hacerlo sin alimentarse correctamente, como por otra parte, deben hacerlo los verdaderos deportistas. Y es mentira, porque indirectamente los estás matando... Hoy la mayoría de los futbolistas surgen de las villas de emergencia. Además los chicos llegan con 10 u 11 años a los clubes y a esa edad necesitan alimentarse para desarrollarse, lo necesitan también para estudiar y por supuesto para jugar al fútbol. A esa edad del desarrollo, a mí no me preocupa el 4-4-2 o el 4-3-3... Quiero que tengan a su disposición buenos botines, agua caliente en el vestuario, calefacción en los dormitorios y la alimentación correspondiente en los comedores. Toda la vida entendí que esto es lo primordial y fundamental que deben cubrir los conductores de jóvenes... Y así lo llevamos a cabo en Nacional. Formamos a verdaderos hombres que hoy tengo la dicha de llamar amigos.

(MIGUEL IGNOMIRIELLO, entrenador argentino, recordando su paso por Nacional de Montevideo, en Tenfield Digital del 27 de Mayo de 2008)

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No veo un sucesor. Pelé solo hubo uno, Maradona también y con seguridad Romario solo habrá uno. En el área soy el mejor, me considero el mejor.

(ROMARIO, sobre sus cualidades como futbolista)

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Alemania, un huracán; Maier, un coloso.

(Titular del diario español "Hoja del Lunes", al otro día de la Final del Mundial de 1974)

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Comienzo de un romance con la red


El 14 de Noviembre de 1976, Diego Maradona marcaba sus primeros dos goles oficiales en el fútbol argentino.

Habían pasado cuatro partidos desde su debut. Aquel 0-1 con Talleres en La Paternal, que lo vio ingresar en el segundo tiempo. Cuatro días más tarde, Juan Carlos Montes volvía a confiar en él, esta vez como titular. En Rosario, Newell's ganó 4 a 2 y fue la despedida del Director Técnico.

Jorge Enrico tomó las riendas del plantel, y el pibe volvió a ser titular un día después de su cumpleaños número 16. El 0-3 en el primer tiempo ante Ferro precipitó su salida para el complemento. Volvió a arrancar desde el banco y, junto a 'Bartolo' Álvarez, le cambiaron la cara a un apático Argentinos para ganarle en Boyacá a Huracán de Comodoro Rivadavia por 2 a 0.

En su quinto partido, nuevamente fue relevo. Álvarez, con sus dos goles del encuentro anterior, jugó de entrada por Ovelar. La cita era en el desaparecido Estadio San Martín, de la ciudad de Mar del Plata. El Rival, el San Lorenzo local. 'Bartolo' cumplió de inicio con su cuota goleadora, pero el legendario Norberto Omar Eresuma puso las cosas iguales. La clave estaba otra vez en el banco. Maradona reemplazó a Giordano y otro Argentinos saltó al San Martín en el complemento. Álvarez volvió a adelantar al Bicho con dos goles, descontando Miccio a quince minutos del final.

El gran segundo tiempo de Maradona se iba a redondear con dos goles. Sus primeras dos conquistas oficiales. A tres minutos del final (foto), y en tiempo de descuento, venció en dos oportunidades a Rubén Lucangioli, para el 5-2 final a favor del ‘bicho’.

Las frías estadísticas dirán que Argentinos formó con Carlos Alberto Munutti; Dante Alfonso Roma, Miguel Ángel Gette, Ricardo Daniel Fusani y Humberto Jorge Minutti; Carlos Guillermo Fren (reemplazado a dos minutos del final por Rodolfo Carlos Ingaramo), Mateo Di Donato y Rubén Alcides Giordano (en el entretiempo ingresó Diego Armando Maradona); Jorge Orlando López, Carlos Alberto Álvarez e Ibrahim Hallar. Maradona volvería a ser suplente los dos partidos siguientes.

En ambos -victoria 3-0 sobre Central Norte de Salta en La Paternal y derrota 1-4 ante All Boys en Jonte y Mercedes- fue necesario su ingreso para la mejoría futbolística del Bicho. Ya no volvería al banco. Recién anotaría nuevamente en el Metro '77. Lucangioli pudo contarle a los suyos que los primeros goles que hizo Maradona se los marcó a él... No cualquiera se ha dado el lujo de contar semejante historia...

(texto del periodista Javier Roimiser, publicado en la página ¿Te acordás bicho? el 19/07/08)

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Luego que Uruguay se consagrara como Campeón Olímpico de fútbol en los Juegos realizados en París en 1924 (foto), hubo una larga serie de festejos.
En la noche del 9 de Junio, tras vencer en la final a Suiza, todos fueron a cenar a un restaurante parisino cuyo cheff era uruguayo. Allí se comió puchero criollo, compartido con residentes uruguayos y argentinos en París.
Pero no todo quedó allí, porque la selección siguió recorriendo la ciudad y el 16 de Junio se realizó un banquete de confraternidad en el hotel D'Orsay. Mientras tanto, la selección celeste seguía hospedándose en el castillo de Argenteuil, ubicado en la calle Saint Germain.
Lo cierto es que los gastos de la estadía y celebraciones provocaron la aparición de bolsillos semivacíos: el dinero escaseaba. Alguien tiró una propuesta de jugar un partido para recaudar dinero, pero los muchachos estaban fuera de forma.
Pero comenzaron las dudas. Si se aceptaba cobrar por jugar, ya no eran aficionados, tal cual lo requerían las reglas olímpicas y corría riesgo el trofeo obtenido. También la prensa francesa requería precisiones acerca de cómo podía ser que los uruguayos, a un mes de haber terminado los Juegos, no retornaban a sus trabajos.
Entonces se resolvió regresar inmediatamente a Montevideo, terminando con la fiesta. Se hizo una vaquita entre esos argentinos y uruguayos, más una ayuda oficial, pagándose todo lo que había que pagar. Y Uruguay volvió a su país. Los integrantes del plantel volvieron a sus trabajos habituales, entre marmolistas (Masazzi), repartidor de hielo (Cea), funcionarios de bancos (Zibechi, Saldombide), empleado en el Mercado Agrícola (Petrone), funcionario de Usinas y Teléfonos (Romano), vendedor de tienda (Naya), verdulero (Somma), empleado en una fábrica de vidrios (Vidal) y jornaleros de frigorífico (Tomassina, Arispe, Uriarte), entre otros oficios.

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Tengo que confesar mi culpa secreta: aparte de las veces que he mirado fútbol por televisión, he estado solamente una vez en mi vida en un partido de fútbol, es decir, personalmente. Siento que no tengo derecho a llamarme una hincha del fútbol, que equivale a decir: no soy una buena brasileña.

(CLARECE LISPECTOR [1920-1977], considerada una de las más importantes escritoras brasileñas del siglo XX)

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Hay que tener mucho cuidado porque el fútbol se está convirtiendo en un negocio.

(JULES RIMET [1873-1956], legendario abogado y dirigente deportivo francés, Presidente de la FIFA de 1921 a 1954)

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Portero (Daniel Delfino “Maracho” - Argentina)


Papá, ¿es verdad que Maradona es Dios?, preguntó Lautaro mientras miraban en la tele un informe sobre el regreso del maravilloso diez al fútbol profesional.

-No Lautaro, no es Dios. Es el mejor jugador de fútbol que hubo en el mundo, pero no es Dios.

-Pero el papá de Fabián dice que Maradona es Dios.

Pablo, el padre de Lautaro, recordó un diálogo en la puerta del colegio. El papá de Fabián era un insoportable hincha de Boca, que se pasó toda la charla fanfarroneando con los logros de los de la ribera.

-El papá de Fabián está equivocado.

-Pero papá, muchos dicen eso. No sólo el papá de Fabián dice eso. En la tele lo dicen.

-Mirá Lautaro, Maradona le hizo el gol a los ingleses, el gol que cualquier argentino les hubiera querido hacer a esos piratas. Maradona nos hizo felices a todos, su habilidad es como una obra de arte en movimiento, pero no es Dios. Dios es otra cosa.

-¿Qué otra cosa?

-Un ser superior, que nos quiere a todos por igual.

-¿Y Maradona, no nos quiere a todos por igual?

Pablo lo miró abatido. Su hijo era más perseguidor que un Testigo de Jehová.

-Maradona es un hombre y como todo hombre, debe tener gente a la que quiere y gente a la que no quiere.

El niño lo miró con ojos extraños. Sin entender demasiado abrió su bombardeo de preguntas:

-¿Maradona nunca jugó en San Lorenzo?

-No.

-¿Y vos nunca jugaste en San Lorenzo?

-No.

-Y Dios, ¿de qué cuadro será?

-De ninguno.

-¿Y por qué no es de ningún cuadro?

-Porque es Dios y no puede ser de uno sí y de otro no.

-Y Maradona ¿de qué cuadro es?

-De Boca.

Pablo comenzaba a fastidiarse. Maradona, en su corazón, era una ambivalencia nunca resuelta definitivamente. Un añejo resentimiento le había impedido disfrutar con total intensidad de sus milagros. Como si el Diego fuera una mujer dorada que nos sonríe, pero elige a nuestro peor enemigo. Sólo nos queda admirar envidiosos su belleza.

Hinchas de otros equipos y hasta de San Lorenzo obviaron estas situaciones y lo aclamaron con toda la boca. Pero Pablo vivía cautivo en su rígido dogma futbolístico, que podría estar errado, pero que le dictaba el corazón: primero San Lorenzo y después todo lo demás, aun la Selección Argentina. Y a pesar del orgullo de que su hijo de ocho años fuera tan cuervo como él, tampoco quería transmitirle su fundamentalismo azulgrana.

-¿Sabés por qué no es Dios? -le dijo decidido.

El niño lo miró ansioso.

-Cuando yo tenía doce años, sólo cuatro más que vos, con el abuelo fuimos a la cancha de Ferro. San Lorenzo, nuestro querido y adorado San Lorenzo, jugaba con Argentinos Juniors y el que perdía se iba al descenso. Y San Lorenzo perdió y se fue al descenso, a la primera B, a jugar con equipos desconocidos. Todo el mundo se reía de nosotros. El abuelo y yo, esa tarde estábamos muy tristes, como toda la gente que lloraba por las calles. Y cuando llegamos al auto, el abuelo encendió la radio. El periodista que hablaba contó que Maradona, que jugaba en Boca y que había salido campeón esa misma tarde, arribó al vestuario en silencio y que sólo dio rienda suelta a su festejo cuando se enteró de que Argentinos Juniors, el club de sus comienzos, se había salvado del descenso. El abuelo de un arrebato apagó la radio. Tenía bronca. Yo me daba cuenta que lo que había dicho el periodista le había provocado mucho dolor. En silencio, continuó manejando por esas calles grises de Caballito, que nos devoraban como un túnel de tristeza.

-¿Y vos lloraste mucho ese día, papá?

-Sí. Por eso no me gusta que digas que Maradona es Dios. Porque Maradona es una persona como vos y yo. Los que lo dañan son los alcahuetes que viven de su magia. Él, esa tarde, quería que Argentinos no sufra, y estaba bien, porque ésa era su gente. Pero los de San Lorenzo estábamos muy tristes. Dios no quiere que nadie esté triste y nunca se va a alegrar cuando a alguien el corazón se le esté reventando de tristeza. Por eso, nunca hay que pedirle por el resultado de un partido, porque Dios no puede elegir entre uno o el otro. Tiene que ganar el que juegue mejor y haga más goles.

En el informe de la televisión decían que a Maradona le gustaría jugar en San Lorenzo de Almagro.

-¡Escuchaste papi, Diego quiere jugar en San Lorenzo!

La rutilante noticia dejó obnubilado a Pablo e inmovilizó sus ojos sobre la pantalla del televisor. Su mente se puso en blanco. Lo volvió a mirar su hijo, pero esta vez, el que habló fue su corazón:

-¡Dios quiera!

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Gabriel Ochoa Uribe fue el entrenador colombiano y profesional en medicina deportiva que, a partir de los años 60, revolucionó al fútbol de su país. Una tarea que impulsó luego con mucha mayor efectividad, el argentino Osvaldo Zubeldía. Ochoa Uribe, nacido en Medellín el 20 de Noviembre de 1929, comenzó a jugar en Unión Indulana de Medellín, para luego pasar al fútbol grande de América de Cali y Millonarios de Bogotá, y en el América de Río de Janeiro. Como entrenador se destacó por su estrategia y fuerte personalidad. Fue técnico de Millonarios, Independiente Santa Fe y el seleccionado de Colombia en varias etapas que van de 1963 a 1985.
Entre sus conceptos acerca del fútbol del ayer y el de hoy, Ochoa Uribe, toda una enciclopedia de este deporte, expresa:
1) “Todo es diferente, absolutamente todo; en 1960 jugamos con un 4-2-4, yo fui el primer entrenador en Colombia en introducir ese sistema, que usó Brasil cuando fue campeón del mundo en 1958. Hoy en día jugamos otra cosa, 3-5-2, 4-4-2, 4-3-3, el líbero con stopper, con doble stopper, en fin, un sinnúmero de sistemas que han venido sucediéndose”.
2) “La parte más importante de aquella época murió, el trato y el manejo a la pelota, manejar las puntas. Ya no hay más punteros. Hay espacios para velocidad y se usa el 4-5-1 pero con cuatro defensores a la altura de los 25 metros, con cinco volantes, dos de marca, dos volantes en las puntas, uno de creación y arriba un hombre que lucha solo con cinco adversarios”.
3) “Hoy se juega con una gran condición física, con una excelente táctica-estrategia defensiva y con un ataque por sorpresa. La fundamentación técnica, que es el tercer pilar del fútbol, ha desaparecido. Se juega en bloque. Solo deslumbra Messi, luchando contra muchos defensores. Y gana. Por eso es el mejor del mundo”.

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A mis jugadores les daba una variante del mismo mensaje todos los sábados a las tres menos de diez: 'Ahora mismo le pegaría un tiro a mi abuela con tal de conseguir los tres puntos esta tarde'. Así sabían lo importante que era que se dejaran la piel por la causa. Siempre sin excepción. Por eso mi abuela vivió más vidas que mi gato.

(BRIAN CLOUGH [1935-2004], célebre ex jugador y entrenador inglés y su opinión sobre la victoria)

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Miren bien ese sótano... De allí salieron los Beatles. Ellos se plantaron solos contra el mundo y ganaron, y lo lograron porque creían en lo que hacían, creían en sus ideales. Bueno, nosotros somos como los Beatles, estamos solos contra el mundo y queremos ganar apoyados en la fuerza de nuestros ideales.

(ROBERTO MARELLI, médico, psicólogo y verdadero gurú espiritual de aquel plantel de Estudiantes de La Plata en The Cavern Club, lugar obligado en una recorrida por Liverpool, antes de la final de la Intercontinental del miércoles 16 de Octubre de 1968 contra el Manchester United)

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Los profesores (Nicanor Parra - Chile)


*fragmento


La verdad de las cosas
es que nosotros nos sentábamos en la diferencia
quién iba a molestarse con esas preguntas
en el mejor de los casos apenas nos hacían temblar
únicamente un malo de la cabeza
la verdadera verdad de las cosas
es que nosotros éramos gente de acción
a nuestros ojos el mundo se reducía
al tamaño de una pelota de fútbol
y patearla era nuestro delirio
nuestra razón de ser adolescentes
hubo campeonatos que se prolongaron hasta la noche
todavía me veo persiguiendo
la pelota invisible en la oscuridad
había que ser búho o murciélago
para no chocar con los muros de adobe
ése era nuestro mundo
las preguntas de nuestros profesores
pasaban gloriosamente por nuestras orejas
como agua por espalda de pato
sin perturbar la calma del universo:
partes constitutivas de la flor
a qué familia pertenece la comadreja
método de preparación del ozono
testamento político de Balmaceda
sorpresa de Cancha Rayada
por dónde entró el ejército libertador
insectos nocivos a la agricultura
cómo comienza el Poema del Cid
dibuje una garrucha diferencial
y determine la condición de equilibrio.

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En partidos de Copa Libertadores hubo resultados muy disímiles en cuanto a los enfrentamientos de ida, de vuelta o revancha. Uno de ellos se produjo en la tercera fase de la edición de 1995, entre los equipos brasileños de Gremio y San Pablo.
En Porto Alegre, como local, Gremio venció con un terminante 5 a 0. Pero en la revancha, en San Pablo, el local ganó 5 a 1. Fue así que Gremio siguió en la Libertadores con mucho susto, apenas por un gol de diferencia. Después terminó ganando la Copa de dicha edición.
Por su parte Newell’s Old Boys, en 1992, perdió de manera contundente en Rosario ante San Lorenzo de Almagro: 6 a 0. Pero en la revancha, los “leprosos” derrotaron a los “santos” por 1 a 0. Ambos siguieron a la siguiente fase y en Rosario, Newell’s ganó por 4 a 0, devolviéndole la goleada.
Por último, quedó en la historia un histórico triunfo venezolano en la Libertadores. Fue en 1971, más precisamente el 17 de Febrero, cuando el Fluminense, de Brasil, derrotó a Deportivo Italia, en Venezuela, por 6 a 0. La revancha fue el 3 de Marzo, en el Maracaná, y en la previa, los hinchas cariocas hacían apuestas acerca del número exacto de goles que se llevarían los de Venezuela. Pero Deportivo Italia produjo otro 'Maracanazo', ganando por 1 a 0. Así, queda claro que “los partidos hay que jugarlos”.

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Traté de ver a los Spurs un partido por televisión en mi hotel ayer, pero me quedé dormido.

(ARSENE WENGER, entrenador del Arsenal, opinando en 2008 acerca del tradicional rival de los 'gunners')

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El fútbol es realmente el fenómeno más universal, mucho más que la democracia o la economía de mercado, de las que se ha dicho que ya no tienen fronteras, pero que no consiguen rivalizar con su extensión.

(PASCAL BONIFACE, pensador francés, doctorado en Derecho Internacional Público)

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Escoceses contra ingleses bajo el Pico de Orizaba (Daniel - México)


Olía fuerte, a pura piel de becerro recién curtida y era dura como una roca. Apenas pude tenerla unos segundos entre mis manos, pues todos querían tocarla, olerla y sentirla como un objeto sagrado. Aquella tarde, los del club aguardaban su llegada reunidos en la casa de los hermanos Dawe. Dos días antes, William Blamey había desembarcado en Veracruz con la tradicional lista de encargos de todo viaje a Gran Bretaña: costales de té, sacos de casimir, barriles de whisky, varios kilos de ejemplares de The Times y novelas de Dickens o Wilde, aunque ahora todo eso había pasado a segundo término. 

El objeto más deseado de su valija era redondo, macizo, de auténtico cuero británico: un balón reglamentario de football aprobado por árbitros ingleses. Una pelota como las utilizadas en la Copa de la Asociación de Football de Inglaterra y no ese amasijo amorfo confeccionado por los curtidores locales con el que habían tenido que jugar todo el año. Sí, al final de cuentas era piel vacuna, mexicana o inglesa, qué más daba, pero para ellos había diferencias abismales, como si aquel objeto traído de ultra mar ocultara un diamante en su circunferencia. Tras un par de años trabajando en la compañía Real del Monte había empezado a comprenderlos: ellos querían jugar sobre pasto británico, portando uniformes confeccionados en sastrerías de Londres y beber al final del partido generosos vasos de whisky escocés mientras departían con sus novias y esposas, todas ellas inglesas por supuesto. 

Blamey llegó a la casa minutos antes de las cinco de la tarde, cuando el agua para el té ya hervía en el fogón. Apenas cruzó la puerta se hizo un silencio litúrgico, preludio del momento más esperado. Sin decir una palabra, el recién llegado sacó el balón de una maleta de cuero y lo colocó sobre la mesa junto a las jarras de té y las charolas de galletas. Aquello era como si los caballeros del Rey Arturo contemplaran el Santo Grial colocado en el centro de su mesa redonda. Yo mismo, ubicado a unos metros del comedor, miraba fascinado aquella pelota. 

En mi calidad de empleado no me era dado participar de sus tertulias y aquella tarde había acudido a casa de los Dawe sólo para entregar el reporte de pago de jornales a los mineros, pero mi llegada coincidió con el arribo del primer balón profesional de football que rodó en la cancha de Pachuca. ¿Fue el primer balón oficial británico que rodó en canchas mexicanas? Yo quiero creer que sí, aunque sin duda los escoceses borrachos del Orizaba dirán que ellos lo trajeron primero y los señoritos del Crickett Club también presumirán lo mismo. Me disponía a retirarme cuando el presbítero Quickmire me indicó que me acercara y sin decir “agua va” puso el balón en mis manos. 

-Anda, para que veas lo distinto que es un verdadero balón de football, muchacho. 

Creo que no la tuve más diez segundos en mis manos, pues Willie Rule me la quitó de inmediato, como si mi tacto fuera a contaminar aquella pieza sacra en donde alcancé a leer grabado en el cuero las palabras Old Eatonians. Lo primero que pensé fue en los muchachos de la mina, quienes no me creerían cuando les dijera que había tenido en mis manos un balón oficial de la Copa Inglesa, un balón que en nada se parecía a nuestros molotes de trapo y manta con los que nos divertíamos por las tardes. La pelota pasaba de mano en mano tocada con el cuidado y la reverencia que merecería una pieza del Renacimiento extraída de un museo. Llegué a creer que ese balón jamás rodaría en la cancha ni recibiría patada alguna y acabaría colocado en un altar con velas a su alrededor, pero me equivocaba; a la mañana siguiente, un domingo ventoso y de cielo despejado, los del club estrenaron su balón británico jugando un partido interescuadras. 

A unos metros de la línea de meta, los muchachos de la mina y yo gozábamos nuestro día de descanso viéndolos partirse el alma por la posesión de esa pelota que había cruzado el Océano Atlántico para terminar justo en la cancha de la mina Real del Monte donde cada sábado jugaba el Pachuca Athletic Club, un equipo que según el presbítero Quickmire, estaba a la altura de pelearle al Wanderers, al Sheffield o al Etonians. 

Me llamo Hilario Lucio, pero ese nombre no quedará para la posteridad. En mi partida de bautizo dice que nací en 1885 en Pisaflores, Hidalgo. Hilario me llamo por el santoral y Lucio fue el apellido de mi madre, siempre soltera. El apellido de mi padre lo desconozco y no me interesa preguntar por él. Nunca lo conocí ni tuve la más mínima noticia de su paradero. Las malas lenguas, por supuesto, nunca han faltado alrededor de mi vida. 

-Eres güero pecoso de rancho porque tu papá ha de haber sido un gringo que dejó a tu mamá, me decían en la calle para hacerme rabiar. Yo nunca molesté a mi madre con esas preguntas. Ya bastante se partió el alma para ser mi madre y mi padre a la vez. Todo lo que soy se lo debo a ella. Mi madre siempre trabajó en las casas de los ingenieros de la compañía Real del Monte en Pachuca. Ama de llaves le decían a su cargo. Como masticaba bien el inglés, ella era la encargada de recibir a las visitas, dar los recados y regentear a la servidumbre. Fue uno de sus patrones, el ingeniero Ryan Southgate, quien permitía que yo entrara de oyente junto con sus hijos a las lecciones que impartían sus estrictas institutrices inglesas. Aprendí a leer en inglés antes que en español y aunque me entretenían los dramas de Shakespeare que las institutrices nos obligaban a memorizar, lo mío siempre fueron las sumas y las restas, las multiplicaciones y las divisiones. Fueron los numeritos quienes me abrieron la puerta de la oficina de contabilidad de la compañía Real del Monte. 

Nunca le tuve miedo a la mina, pero siempre quedó claro que yo era más útil sumando y restando la raya de los mineros. Hilario Lucio es el nombre que quedó registrado en los archivos de la compañía Real del Monte. En esos papeles se puede leer que Hilario Lucio fue un joven que trabajó de auxiliar contable a principios del siglo, unos años antes de la Revolución. El problema es que el nombre de Hilario Lucio no quedó ligado al del Pachuca Athletic Club. En ninguna crónica de la época consta que haya alineado en el equipo un joven con ese nombre. Lo que sí consta, es que en aquel año del primer torneo nacional jugó con el club un muchacho de 17 años llamado Niegel Hatley, que hacía diabluras y picardías por la banda izquierda 

Recordaremos por siempre al año 1901 por un par de acontecimientos que sacudieron a la ciudad: la muerte de la Reina Victoria y la fundación oficial del Pachuca Athletic Club. La muerte de la soberana sembró el luto en la compañía Real del Monte. Aunque la etiqueta británica les impedía llorar y externar sus sentimientos, era evidente que a mis patrones les dolía en lo más profundo el fallecimiento de su reina. Sin embargo, el luto no fue tan riguroso como para apagar la euforia que les producía la inminencia del arranque del Primer Torneo Nacional de Football en donde el Pachuca Athletic Club mediría fuerzas con los clubes de la Capital y con esos escoceses juerguistas que fabricaban cerveza en Orizaba. La idea de jugar ese campeonato fue impulsada desde la compañía Real del Monte. 

Llevaban más de un año jugando todos los sábados y ya iba siendo tiempo de medir fuerzas con los otros clubes. El país y el futbol han cambiado mucho desde entonces. Han pasado 35 años, pero a veces creo que transcurrió un siglo entero. Hubo una revolución que costó más de un millón de muertos. Gobiernos fueron y vinieron con sus promesas de igualdad y redención social. El futbol de aquel entonces se fue para siempre, como se fueron los aristócratas porfiristas afrancesados que paseaban en sus carruajes por la calle Plateros. Hoy el futbol lo dominan Atlante y Necaxa, España y Asturias. El Equipo Nacional de México ya fue a una olimpiada en Ámsterdam y a un mundial en Montevideo y aunque hay muchos gachupines metidos en este deporte, hoy los mexicanos truenan sus chicharrones en las canchas. Pero hace 35 años, en 1901, el futbol era football y era un asunto exclusivo de británicos para británicos en donde los mexicanos no teníamos cabida. No es que hubiera una regla que lo prohibiera; simplemente no se estilaba y para los británicos la costumbre es sagrada. 

El football era un ritual tan inglés como el té en donde los mexicanos éramos solamente espectadores. De no haber sido por el presbítero Quickmire, yo me hubiera pasado la juventud entera como espectador de los juegos de mis patrones, conformándome con patear una pelota de trapo frente a porterías de piedra. Pero el destino, o más bien dicho el presbítero, quiso que yo tuviera el derecho de patear una pelota de becerro británico sobre una cancha de pasto en un juego dirigido por un árbitro inglés. Las crónicas dicen que un señorito llamado Juan Cortina, educado en los mejores colegios de Inglaterra, fue el primer mexicano en jugar al football. Bueno, eso lo dicen porque el nombre de Niegel Hatley es británico y suponen que quien así se llamaba también lo era. 

El sábado fue siempre el día más deseado de la semana. Al medio día, a la salida de la mina, se formaba una fila frente a mi escritorio. Luego de partirse el lomo durante seis días, los trabajadores cobraban su jornal cuya paga me tocaba coordinar a mí. Los rostros en la fila contagiaban ánimo de fiesta. Los sábados por la tarde transcurrían para los mineros entre pulque y cerveza, aunque en aquel año eran cada vez más los que se acercaban a ver a los patrones entregarse a ese ritual de patear la pelota que tanto les fascinaba. Sus mujeres preparaban bocadillos y colocaban mesas alrededor de la cancha en donde jamás faltaba el whisky. Del otro lado nos colocábamos nosotros, con las cervezas frías y la curiosidad por ir descubriendo las claves del juego. Ver a los jefes entregados con semejante pasión a esa manía de correr tras la pelota nos divertía de sobremanera. 

Así pasamos varios sábados de aquel año 1901, hasta que un fin de semana decidimos pasar de la contemplación a la acción. Con trozos de manta y trapo armamos una bola y nos pusimos a patearla en un campo baldío que estaba a unos metros de la cancha. Nunca nos habíamos divertido tanto. Sudábamos la gota gorda y pateábamos el trapo hasta que las piernas no daban más. Las cervezas sabían a gloria después de los juegos. Empezamos a armar retas con apuestas y muy pronto hubo piques entre nosotros. Ahora esperábamos con ansias la llegada del sábado para poder salir de la mina a patear nuestro pedazo de trapo y demostrar habilidades. 

Los mineros eran tipos rudos, recios, que jugaban con fuerza y determinación. Lo mío en cambio era la rapidez. Yo no soy quien para presumir mis cualidades, pero a los 16 años de edad me transformé en una flecha por la banda. Siempre fui flaco y de pierna larga y una vez que agarraba la pelota nadie podía alcanzarme. Obvia decir que no nos era posible pisar la cancha de pasto de los patrones ni patear un balón de cuero, pero a nuestra manera nos divertíamos. Ensimismados en su británico ritual, nuestros patrones no habían reparado en que los estábamos empezando a imitar con éxito, hasta que una tarde el presbítero Quickmire se paró a lado del baldío y se quedó a vernos jugar. Al final, nos felicitó por aprovechar la tarde del sábado fortaleciendo el cuerpo y el espíritu en lugar de malgastar la raya en la pulquería. 

-Eres veloz, muy veloz muchacho, pareces una liebre loca, me dijo el presbítero la segunda vez que fue a vernos al baldío. 

Por aquel entonces el equipo de los patrones ya se había constituido oficialmente como el Pachuca Athletic Club y se daban a la tarea de entrar en contacto con otras escuadras para organizar un primer torneo nacional. Aparte de Pachuca, había en el país otros cuatro clubes formalmente constituidos, si bien en la compañía Real del Monte no quedaba duda alguna de que nadie podría superar a su poderosa escuadra. No por nada tenían en sus filas al mejor jugador de todo el territorio mexicano: George Camphuis. Era cuestión de viajar a la Ciudad de México a demostrar quién era el mejor de todos. Finalmente, luego de arduas gestiones, todo quedó listo para jugar el primer partido. Los señoritos del British Club visitarían Pachuca. Aquel fue un día de fiesta en la ciudad. Los alrededores de la cancha fueron engalanados con guirnaldas y en las mesas circundantes pusieron las mejores botellas de whisky traídas de la Isla por Blamey. 

Los de la palomilla minera nos instalamos a una prudente distancia con nuestras respetivas cervezas dispuestos a ver a 22 británicos dejar el alma en la cancha. Los del British Club bajaron del tren vestidos como catrines. En la estación fueron recibidos con toda la pompa, si bien a los patrones no les cabía duda alguna de que Pachuca los despedazaría en la cancha. Pronto quedó claro que las apariencias engañan y esos catrincitos del British Club resultaron ser un hueso muy duro de roer. Pachuca sacó un apuradísimo empate a dos goles luego de ir abajo y ser superado en varios lapsos del partido. Por supuesto, al final del match hubo tertulia y whisky con los rivales, pero el ánimo de los patrones no era el mejor, pues en la cancha había quedado claro que Pachuca Athletic Club, con todo y Camphuis, no era la aplanadora que suponían. Ahora el equipo debía viajar a la Ciudad de México en donde los aguardaba el Reforma Athletic Club y el México Cricket Club y luego del primer partido, ya no se sentían tan seguros de regresar cubiertos de gloria. 

Aquella noche el presbítero Quickmire llamó a la puerta de mi pequeña habitación. Mi madre y yo compartíamos una casita ubicada en el jardín de la familia Southgate, a quienes el presbítero visitaba con frecuencia. Esa noche Quickmire llegó hasta nuestro recinto sin entretenerse con la familia. Venía a verme específicamente a mí, para plantearme un asunto urgente. 

-¿Hablas inglés como un caballero de Oxford, muchacho? 

-Usted sabe que lo hablo señor, lo hablo bien, pero mi pronunciación está lejos de ser excelente. 

-Mmm…, y esa cara tuya tan pecosa, tus ojos claros. Tú podrías pasar por galés.

-Pero soy hidalguense señor, natural de Pisaflores. 

-Con la pelota de trapo eres muy rápido muchacho. ¿Crees que pudieras correr igual pateando una pelota de verdad? 

-Bueno, la pelota de cuero es muy dura, pero la velocidad es la misma. 

-Muchacho: si yo le sugiero al Club que nos acompañes a la Ciudad de México ¿No nos vas a defraudar? 

-¿Cuándo los he defraudado señor? Ya sea para llevar la contabilidad, para servir de intérprete o para acomodar las mesas antes de las tertulias, trato de hacer mi trabajo de la mejor manera. 

-Pero a la Ciudad de México no vamos a llevarte de intérprete o de mandadero. Vamos a llevarte a jugar por la banda izquierda como sólo tú sabes hacerlo. 

Me quedé sin respuesta. Yo sabía que el presbítero Quickmire era un tipo bromista cuyo humor negro me había hecho pasar más de un mal rato, pero aquella vez no parecía estar jugando. 

-Una cosa más mozalbete. ¿Serás capaz de hacerte pasar por inglés si alguien te pregunta por tu origen? 

-Usted me ha dicho que mentir es pecado.

-Pues quedas absuelto. Ahora te llamas Niegel Hatley y sólo responderás cuando se te llame por ese nombre. Hilario Lucio se quedó a trabajar afuera de la mina. Niegel Hatley es jugador del Pachuca Athletic Club y ahora sólo tienes que aprender a tomar el té como un caballero y probarte este uniforme que a partir de hoy debes defender como si fuera parte de tu piel. 

Cuando puso sobre mi cama el uniforme azul y blanco del Pachuca Athletic Club supe que no estaba bromeando y que toda mi vida había tenido sentido sólo por llegar a ese momento. 

-Bueno muchacho, ese uniforme lo usarás en la cancha del Reforma Athletic Club, pero en el tren viajaremos vestidos con nuestros mejores trajes. Que ni crean esos catrines de la capital que van a impresionarnos o a hacernos sentir menos. 

Nunca había usado un traje tan elegante como el que me prestó el presbítero Quickmire aquella mañana y nunca me había subido a un tren. Vaya, para ser honesto ni siquiera había salido del Estado de Hidalgo. Cualquier cosa que hubiera imaginado yo de la capital se quedó muy corta con lo que encontré al llegar. Los volcanes, las casonas, los carruajes, los parques, la calle Plateros. Aquello era aquella en verdad la Ciudad de los Palacios. La cancha del Reforma Athletic Club, ubicada en el Deportivo Chapultepec, era una alfombra verde donde ni una brizna de hierba era más alta que la otra. Era una cama de pasto donde daban ganas de revolcarse. Comparada con ella, hasta la cancha de los patrones en Pachuca parecía un potrero. Los del club me habían comentado que los juegos en el Deportivo Chapultepec eran acontecimientos que reunían a lo más granado de la sociedad británica en la Ciudad de México, pero debo admitir que jamás imaginé tanto lujo. Aquello era como estar en un jardín de Buckingham Palace. Qué mujeres. Ni en sueños había yo visto princesas como las novias de los jugadores del Club Reforma. 

En las mesas centrales estaba el mismísimo embajador de Gran Bretaña en el país acompañado por ejecutivos del Banco de Londres y México. Al arribar a la cancha, fuimos retratados por fotógrafos del Mexican Herald y el Two Republics. Confieso que entonces las piernas me empezaban a temblar y los nervios me devoraban. Había tenido apenas tres días para entrenar con mis nuevos compañeros y acostumbrarme a patear la dura pelota de becerro británico. No se si era mi condición de mexicano o de subordinado en la compañía, pero el caso es que no todos en el equipo digerían muy bien la idea de mi inclusión. El presbítero Quicksmire tuvo que llevar a cabo una ardua labor de convencimiento entre algunos miembros del plantel para que me aceptaran, pero me quisieran o no, ahí estábamos los once caminando al centro de la cancha donde nos aguardaban nuestros rivales para el saludo de cortesía. Cuando el árbitro Reginald Penny hizo sonar el silbato y la pelota empezó a rodar, quedó claro que la etiqueta británica quedaría afuera de la cancha, pues dentro habría una batalla campal en donde no cabría la más mínima concesión. 

Los primeros minutos troté como un potro desbocado viendo pasar sobre mi cabeza los pases aéreos del Reforma, que lucía mucho más asentado en la cancha. Habrían pasado unos ocho o nueve minutos cuando las cosas empezaron a cambiar. Harry Abraham me mandó un pase filtrado a mi banda izquierda y por primera vez pude pegar una carrera con la pelota en mis píes. Mi velocidad desconcertó a los defensas. Ellos eran maestros de los balones por aire donde sus cabezas y pechos mandaban, pero se mareaban con un balón a ras de piso conducido con semejante rapidez. Aquel primer pique terminé en un centro que le envíe a William Bray, quien remató y estrelló el balón en el arquero del Reforma. Ahí estaba nuestro primer aviso y nuestro rival se mostraba inquieto. 

La confianza y el alma me habían vuelto a las piernas. Realicé tres o cuatro piques más que acabaron en tiros de esquina o falta favorable. Fue pasando la primera media hora cuando un defensa de Reforma me derribó en las cercanías del área. Camphuis ejecutó raso el tiro libre. La pelota encontró un hoyo entre el muro de piernas y acabó anidada al fondo del arco. 1-0. El público aplaudió con total sobriedad. Con la mínima diferencia a favor llegamos al medio tiempo. La segunda parte sacó a relucir la furia del Reforma Athletic Club que con pelotazos elevados sobre el área buscaba las cabezas salvadoras de sus altísimos delanteros. Su desesperación me abrió una avenida por la banda izquierda por donde corrí a placer ejecutando contragolpes que los sacaban de quicio y los obligaban a poner a un gigantón defensa a marcarme. Mi marcador era fuerte, pero terriblemente lento, por lo que solía recurrir compulsivamente a la falta. 

Cerca del minuto 20 logré eludir la patada de mi guardián y pegar una descolgada que lo dejó muy atrás. A la entrada del área cedí a Jimmy Bennetts quien no tuvo más que tocar suavecito por abajo del arquero. 2-0. Euforia total. Los 25 minutos restantes nos dedicamos a jugar con la desesperación del Reforma con pelotas bajas y cambios de juego. Estuvimos cerca de meter el tercero, pero su guardameta desvió con las uñas un tiro de Camphuis. Sonó el silbatazo final. 2-0. Aplausos de píe. Las princesas británicas miraban incrédulas a sus novios derrotados por el equipo de mineros. Yo estaba tan eufórico, que en la tertulia posterior por poco olvido mi papel de Niegel Hatley y casi empiezo a actuar como Hilario Lucio. 

Siete días después, con la confianza en los cielos, jugamos con el México Cricket Club. Misma cancha, misma elegancia. Estos señoritos tal vez sabían manejar bien los bastones, pero no eran muy hábiles a la hora de usar sus píes para patear un balón. Aunque su entrenador Percy Clifford era una eminencia, los del Cricket demostraron que aún les faltaba entrenar mucho. Antes del minuto 30 ya les ganábamos 2-0 con goles de Rabling y Camphuis. Parecía un pan comido, pero al arrancar su segundo tiempo su delantero más alto nos clavó un gol de cabezazo. 2-1. El Cricket se nos vino encima y en su afán por empatar nos regaló preciosos espacios. Fue entonces cuando llegó mi momento arrancar en descolgada y ceder a Camphuis, cuyo remate cañonero fue rechazado por el guardameta, con tan buena suerte para mí, que el balón de becerro británico cayó justo en mi pierna derecha para que fusilara y sintiera ese placer incomparable de ver la red estremecerse.3-1. Niegel Hatley había inscrito su nombre en la lista de anotadores de aquel primer torneo. Todavía Thomas Patton clavó un cuarto gol en una nueva descolgada. El 4-1 fue contundente y los catrines empezaron entonces a respetar a los mineros. 

Regresamos a Pachuca cubiertos de gloria, pero aún faltaba un escollo para poder proclamarnos campeones: los escoceses del Orizaba. Blamey hizo gestiones y presionó hasta donde pudo para que el partido se jugara en nuestra casa, pero los de Orizaba acabaron por salirse con la suya y ganar un volado. Debíamos viajar a la Pluviosilla para enfrentar en su campo a los Albinegros. El presbítero me advirtió que los escoceses solían ser un hueso duro de roer en cualquier cancha. Inglaterra vs. Escocia era ya entonces un añejo clásico y los caledonios, recordando las hazañas de McGregor en las Tierras Altas, solían matarse en la cancha para poder derrotar a los ingleses. Aquellos escoceses eran hilanderos y fabricantes de cerveza. Los dirigía Duncan Macomish, que en su natal Escocia había jugado en Primera División y había logrado conjuntar en Orizaba un cuadro de rudos guerreros que metían fuerte la pierna. Las malas lenguas decían que solían empinar el codo más de la cuenta y que las tertulias de whisky y cerveza después de los partidos solían prolongarse hasta el amanecer, pero con todo y sus borracheras a cuestas, en la cancha no tenían compasión. 

Una densa neblina nos recibió la mañana en que llegamos a la Pluviosilla. Sólo hasta el medio día puede descubrir entre la bruma al imponente Pico de Orizaba, hierático gigante que sería espectador de nuestra batalla. Los catrines y las princesas brillaban por su ausencia en Orizaba. Tras esos hermosos bosques sumergidos en niebla perpetua había un ambiente rudo y hostil hacia nuestro equipo. Aquellos escoceses eran gente de trabajo duro como nosotros, no de tertulias de etiqueta como en la capital. Bajo la montaña más alta de México se jugaría una extraña versión del clásico entre Inglaterra y Escocia. Desde el momento en que el balón empezó a rodar, quedó claro que los Albinegros no darían tregua. Eran duros, correosos, de marca incómoda. Mi primer intento de pique por la banda fue frenado con tremenda patada. El primer tiempo acabó con el marcador en blanco. Iniciando el segundo tiempo logré por vez primera escapar a mi marcador y correr en descolgada frente al portero que mandó a tiro de esquina mi disparo. 

Las cosas pintaban mejor y nuestro ánimo nos decía que podíamos derrotar a los escoceses pero en nuestro afán por sentenciar el juego, los Albinegros nos contragolpearon y nos clavaron el gol. 0-1 con 25 minutos todavía por jugarse. Una densa neblina bajaba sobre la cancha. Sí, lo se, nos desesperamos y caímos en su trampa. Esperanzados en mi velocidad, mis compañeros me mandaban pases deseando ver un sprint mágico que acabara en el área rival, pero mis marcadores no tenían piedad. Faltaban unos cuatro minutos cuando logré eludir al defensa que tenía pegado como estampa, pero un segundo marcador, que según recuerdo se apellidaba Buchnann, frenó mi carrera y mi vida futbolística. 

Su barrida fue seca, asesina y escuché mi hueso partirse como un tronco. Tal vez fue la adrenalina, pero creo recordar que me paré o quise pararme de inmediato, pero mi pierna derecha estaba destrozada. Cuando me sacaron cargando olvidé a Niegel Hatley y con lágrimas en los ojos maldecía en español de pulquería. Dolor, llanto, neblina, gritos. Todo se confunde en mi memoria. Por fortuna, ya no estaba en la cancha cuando se dio el silbatazo final y los Albinegros de Orizaba festejaron haberse convertido en los primeros campeones nacionales del Futbol Mexicano, un torneo de cinco equipos británicos representantes de nuestra prehistoria futbolística que sin embargo quedó marcado para la historia. 

La fractura había sido total y mi recuperación tardó casi un año en que con mi pierna enyesada y mis muletas me paraba afuera de la mina para pagar las rayas del sábado y acudir después a la cancha a ver a mis compañeros. El siguiente torneo no pude jugarlo y me limité a ser espectador de derrotas. Fuimos último lugar, mientras que los catrincillos del Cricket dieron la sorpresa y se coronaron campeones. A finales de 1903, el presbítero Quicksmire me hizo una nueva oferta, aunque en esta ocasión no era futbolística, sino laboral: En la mina de Zacatecas ocupaban un jefe de contabilidad. Iría como jefe, no como auxiliar, con un sueldo bastante más alto. El problema es que en tierras zacatecanas el futbol no pasaba de ser un pasatiempo desorganizado. Mi pierna no volvió a ser la misma, pero aún así pude volver a jugar, aunque nunca jamás lo hice en un torneo oficial. 

Un año después, en 1904, recibí un telegrama del presbítero. Decía únicamente tres palabras: AHORA SÍ, CAMPEONES. Pachuca por fin se había coronado en un torneo jugado a dos vueltas. Los borrachos del Orizaba desbarataron su equipo un año después, mientras en otras plazas empezaban a surgir nuevos cuadros. En 1909, un año antes de la Revolución, me casé con Catalina Galindo, hermosa dama de Concepción del Oro. Cuando en 1914 las tropas villistas y huertistas tapizaron de muertos las calles de Zacatecas, mi mujer y yo nos habíamos exiliado a Inglaterra en donde puede ser espectador de grandes batallas futbolísticas. Regresamos a México en 1924 cuando los once hermanos del Necaxa y los “prietitos” del Atlante le arrebataban la gloria a los gachupines. El país no era el mismo, el futbol no era el mismo y había algunos que hasta empezaban a hablar de cobrar dinero por jugar. Habrase visto.

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