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Una noche con San Chanfle (Eduardo "La Negra" Bigotti - Argentina)


Era una noche de invierno de esas en las que preocupaba bañarse, la puerta del vestuario Rojo se abrió por completo y recortó una extraña silueta que intimidó a los pocos futbolistas presentes.

-¿Quién me ha convocado?- Preguntó el aparecido levitando a cincuenta centímetros del suelo.

Entreverado con el vapor de la ducha, El "Mono" Ibarra intentó levantar la cabeza para contestar, pero se arrepintió. Parado a su lado y de espaldas a la puerta, Daniel Renzi se hizo el desentendido y acomodó las canilleras en el bolso como si no hubiese escuchado nada; unos metros más al fondo, Juan Carlos Canelo con los ojos desorbitados, ensayó unas palabras a modo de contestación que terminaron siendo simplemente un sensible murmullo.

El interrogante planteado por la enorme silueta, quedó entreverado entre el miedo escénico de Canelo y el aparente desinterés de la dupla Ibarra-Renzi.

-¡Así que nadie piensa contestarme... miren que yo no aparezco porque se me antoja! Alguien me invocó anoche, cuando estaba por dormirse y por eso aparecí- Comentó ofuscado el recién llegado, mientras relojeaba los bultos de los muchachos en el sector de duchas.

El Mono fue el primero que levantó la vista para mirar de cerca al extraño, como vio que no pintaba tan dura la cosa, entabló el primer contacto:

-Discúlpeme maestro ¿Usted quién vendría a ser?

-¿Qué quien soy yo? Cómo que no saben manga de inconscientes, yo soy “San Chanfle”.

-¿El Santo de los jugadores de Fútbol?- Preguntó Renzi en tono amigable.

¡Claro que si Renzi, ese soy yo…! El que otorga un poco de magia para tu fútbol, a cambio de una promesa.

-¿Y… qué tipo de promesa maestro?- intervino Canelito acercándose al santo, mientras el “miedómetro” bajaba su voltaje.

-¡Eso solamente lo podrá responder el solicitante! – dijo San Chanfle y bajó de arriba del armario una foto del basquetbolista Daniel Ricci, que guardó en una especie de bolsillo de su brillante capa.

Conocedor de su oficio, el santo no habló más y dominó el silencio esperando que el solicitante cayera por cansancio. Fueron cinco minutos interminables que finalizaron con un memorable sinceramiento de Canelo.

¡Está bien... fui yo San Chanfle!

El santo, acomodó la histórica vincha de Hugo Orlando Gatti que llevaba atada, limpió sus anteojos empapados de vapor, se ubicó a solo diez centímetros de la humanidad de Canelo y con sonrisa burlona se despachó:

-Yo ya lo sabía pibe…

Identificado el autor, San Chanfle no tuvo más opciones que seguir con el procedimiento establecido. Sacó de su bolsillo el formulario de “Compromiso de Magia”, se lo entregó a Juan Carlos para que lo completara con sus datos y antes de entregarle la Parker regalada por “Martillo” Panichelli en el año setenta y ocho, le aclaró:
-Oiga, anote bien en las observaciones, que tipo de promesa me va a cumplir. No va a ser cosa que me desayune dentro de un par de años, con alguna carta de algún abogado de acá abajo.

El delantero de Firmat Foot Ball Club tomó con la mano transpirada la lapicera, levantó la mirada buscando la aprobación de Renzi y cuando estaba por firmar, dejó caer mansamente el contrato al suelo para que se empapara con la humedad del piso.

Con la voz quebrada, decidió invalidar la operación mirando fijo a los ojos de San Chanfle:
-No maestro yo no puedo firmar esto... porque no necesito hacer ninguna promesa con nadie para jugar de titular en primera el clásico contra los cueveros. Además, por algo Dios me hizo así, con esta zurda que siempre la manda a guardar en reserva.

San Chanfle, rendido ante semejante sinceramiento, acomodó su capa y sin decir una palabra, partió con rumbo desconocido dejando una estela de humo rojo, que no permitió ver el rumbo de su salida.

En silencio y con los ojos clavados en el piso, Daniel Renzi, el "Mono" Ibarra y Canelo, cerraron sus bolsos y se dispararon a sus casas como si nunca les hubiera pasado nada.

Según Nino Rossi -amigo y representante de los jugadores-, esa misma noche San Chanfle lo cruzó al "Mono" Ibarra antes de que llegara a su barrio y le hizo firmar de apuro “un compromiso de Magia”, que le otorgó al centrodelantero una contundencia para los cabezazos, que cosechó fama por el resto de sus días futboleros.

De la promesa realizada a San Chanfle, se sabe muy poco, porque Rossi ha firmando una carta compromiso con los padres de Ibarra, comprometiéndose a revelar el secreto el día que se concrete una transferencia al Dinamo de Kiev.

(Un gracias inmenso para “La Negra” Bigotti al cederme este cuento para poder ser publicado en “Los cuentos de la pelota”)

2 comentarios:

Federico dijo...

Cuántos misterios se entretejían alrededor de aquella vieja que no nos devolvía las pelotas, ¿No?

Éramos tan chicos, y sólo nos importaba jugar a la pelota. No nos interesaba nada más. ¿La tarea? ¿La siesta? ¿Las plantas de la abuela? Naaaah!!!... el fútbol papá… nos interesaba la pelota, el jugar en nuestra calle de tierra, descalzos, con pelota de cuero, de plástico, o en las épocas más pobres, con la pelota de trapo. Incluso existió la pelota de basura, hecha con una bolsa plástica y papel adentro, pero no soportaban más de cinco minutos dentro del campo de juego. ¿Éramos felices? ¡Pero claro que éramos felices! Si nos pasábamos horas jugando, esos partidos interminables que terminaban 32 a 30, y que se daba por terminado porque el sol se había cansado de ser el reflector de nuestro estadio, y se retiraba prometiendo volver mañana, dejando la posta a la noche.

Todo era perfecto, de color de rosas, como en los cuentos de hadas. Todo muy lindo hasta que el balón iba a parar a la casa de “la vieja”. Nadie realmente sabía su nombre, sólo por su apodo, que comúnmente iba acompañado de un insulto, pero eso no va al caso que les cuente.



Había tantas incógnitas en cuanto a aquella señora que dormía la siesta, y que le molestaba cualquier mínimo ruido.

Se decía que era viuda, y que su marido había muerto de una forma misteriosa, que la Justicia la investigó, pero que salió limpia de culpa y cargo. Otros auguraban que en realidad nunca había logrado casarse, que sólo había tenido un novio, el cual estuvo a su lado sólo por conveniencia, quien la habría dejado plantada en el mismísimo altar, y que desde entonces odiaría a la sociedad toda, incluídos los felices niños.

Tantos misterios nos quedaron de esa infancia, tantos misterios sin resolver. Nunca supimos si era cierto eso de que embalsamaba gatos, si es que se veían fantasmas por las noches en su casa, o si tiraba las cartas para ganarse unos pesos extra y llegar a fin de mes.



Eran muchas las creencias y pocas las certezas. Entre las certezas, seguramente estaba el hecho de que si la pelota caía en su terreno ¡Olvidate papá! Tu pelota ya era historia. Podía tener distintos finales, es cierto.

Podía ser regalada a sus nietos, cuando éstos la visitaban una vez por año, seguramente esperando que eso les hiciera creer que era una “vieja buenita” y que la vendrían a visitar un poco más de seguido, obviamente que no lo lograba.

Podía ser que se la dé a los perros, y disfrutar cómo destruía el preciado esférico ante nuestra atónita e impotente mirada.

O el caso más aberrante, podía esperar a que cayera la noche, y entre penumbras, salir a su patio con un cuchillo de carnicero recién afilado en una mano, y la pelota bajo el brazo, arrodillarse en el centro de su jardín, y darle certeros puntazos a la pelota, para herirla de muerte, riéndose muy fuerte… a penetrantes carcajadas… para luego arrojar los restos al patio vecino, que vendría a ser el mío.



Nunca supe bien en qué momento dejé de jugar al fútbol con mis amigos en nuestra calle de tierra, descalzos, con nuestros distintos tipos de balones. Pero desde que dejé la actividad, automáticamente olvidé la existencia de aquella señora.

Lo que fue de ella es un verdadero misterio. A veces creo oír sus carcajadas en plena madrugada, y el sonido del cuchillo atravesando el cuero del balón.

Por todo este sufrimiento que nos dejó traumados de chico, esta señora se merecía ir presa, ojalá algún día la justicia haga algo por chicos como nosotros, que fuimos víctimas psicológicas de esta homicida impune de pelotas de fútbol.

Luis dijo...

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