Ante los cambios realizados por Blogger, tiempo atrás, y que afectaron la plantilla de este blog hay textos largos que no se mostrarán totalmente. La solución a dicho inconveniente es hacer click en el título del artículo y así se logra que se muestre el resto de la entrada. Muchas gracias y disculpas por la molestia ocasionada.

Corazón marrón y blanco (Luis Alberto Méndez - Argentina)


¿Cómo no acordarme de la primera vez que la ví? Me pareció gigantesca, un monumento de la perfección. Yo tenía unos siete u ocho años. Una de las puertas laterales estaba abierta y con mi viejo nos metimos. Despacito, con cuidado, para que no se arruinara. Claro si era nueva. Estaba en plena construcción. La gramilla era tan verde que daba la sensación de nunca terminar. Lo mire al viejo y me pareció que se secaba una lagrima. Ahí me hablo por milésima vez de Manuela Pedraza y Crámer; del velódromo, el primero de la ciudad; del burro debajo de la tribuna. De cómo iba caminando con mi abuelo hasta la cancha. De tantas historias parecidas a tantas otras.

A mí me gustaba subirme al tanque de agua y mirar desde ahí como trabajaban. Era una sensación hermosa. Me sentía como en mi casa. Pero lo mejor fue cuando empecé el Cuerpo de Cadetes, un lugar donde te probabas en varias especialidades y de ahí a los inferiores. A mi me mandaron a fútbol, y nos llevaban a entrenar a la cancha. Justo cuando hacia la recuperación el "Negro" Juárez, después de una lesión que le produjo un arquero. ¡El "Negro" Juárez, que era un ídolo! Los pibes le corríamos alrededor y lo matábamos a preguntas. Y él, con una paciencia admirable, nos contestaba a todos.

Son miles de recuerdos los que vienen a mente. Como no acordarme de la tubular. El día que me entere que la sacaban sentí que me arrancaban una parte, un pedazo de mi historia. Me acuerdo el sonido de las chapas cuando la hinchada empezaba a saltar. Creo que amedrentaba a los rivales ese ruido de tropilla al galope. Era la época que llevar banderas no molestaba. La popular se vestía de gala todos los domingos, bañada en blanco y marrón, matizada con los colores de algunas banderas ajenas, recuerdos de “encuentros” con “amigos”. Alentando al equipo desde que salía a la cancha hasta el último minuto. Siempre con mi viejo y mis hermanos, soñando con vivir momentos de gloria.

Y hoy, acá estoy. Solo, parado frente a la pelota. Con las pulsaciones al ritmo de un formula uno. Sabiendo que lo único que nos separa de la gloria es ese maldito arquero. Si, nos dieron un penal a dos minutos del final. El gol nos da el campeonato. ¡EL CAMPEONATO!, el primero de nuestra historia. Y el técnico, no sé si en un arrebato de locura o de confianza, dijo que lo pateara yo. Me parece increíble. De frente a nuestra hinchada. Me parece distinguir entre la multitud a mi hijo junto a mis hermanos. Sé que en la platea está mi viejo con mis sobrinos. Y en aquella nube seguro está mi abuelo alentándome, el iniciador de esta familia de calamares que crece con los que van viniendo. De pronto un silbido me trae de vuelta a la realidad. El árbitro dio la orden. Estoy decidido a pegarle abajo a la izquierda. Siento la tensión en las piernas. Corro, me afirmo junto a la pelota y saco un tiro fuerte y seco. Silencio. Son segundos que parecen una eternidad. Y entonces, la red que abraza al balón, acariciándola, dibujándole una sonrisa inmortal. El grito que bajó de la tribuna se coló por cada uno de mis poros produciendo una explosión que casi me desmaya. No sabía como festejar. Corrí, con la boca llena de gol. Quería abrazarme con todos, sabia lo que sentían porque yo sentía lo mismo. Me arrodille y se lo dedique a él, que sí estaba sentado en esa nube. Claro ahora saltaba de alegría, abrazado a un Polaco loco que también sonreía.

Los festejos fueron interminables. La vuelta olímpica, las bengalas, fuegos artificiales, los cantos de la hinchada que no paraban. Pero una vez terminado todo y caminando por Zapiola con mi viejo, mi hijo y mis hermanos mire una vez mas al cielo y una estrella resplandeció con fulgor, enviando un saludo eterno. En ese momento observé a mi hijo y me sonrió con ternura. Quien podía negar que somos una familia calamar. Es que la unión que establece Platense no conoce de fronteras ni de edades. Porque el corazón marrón y blanco no desaparece con la muerte. Vive en cada uno de aquellos que cada fin de semana pueblan la Roberto “Polaco” Goyeneche.


A mi abuelo Horacio

A mi viejo


(Mi agradecimiento al autor y a la gente del Club Atlético Platense por autorizarme a la publicación de este cuento)

2 comentarios:

Mariano dijo...

muy buen relato, excelente!!

Totonet dijo...

Gracias por la visita Mariano.
Un abrazo.