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Por aquellas siestas de fútbol (Matías Kraber - Argentina)


La rama del eucalipto se movía despacio de forma pendular, empujada por la ventisca de primavera de las dos de la tarde. Ninguna nube se asomaba por un cielo color celeste acuarela, y el silencio de siesta aislaba las voces de los pibes sentados en el cordón de la vereda con camisetas calurosas como si estuviesen atrapados por la inmensidad rocosa de las montañas.
- Para mí le tenemos que jugar con éste arriba- Javito señaló con el dedo a Matías que estaba sosteniendo un yuyo con los labios, mientras miraba el reloj con cierta preocupación- y al arco que vaya Carlitos… y ya está, le metemos diez a estos pajeros.
- Yo no tengo drama, pero hay que ganar si o si, porque sino quien lo aguanta al Rafa en la escuela.
- De última, lo tendremos que cagar o trompadas
- Javito alzó la voz con bronca y la mirada firme-.
Habían seleccionado una cancha neutral para evitar que griteríos e insultos se filtren por las persianas de esos vecinos que se instalan debajo de paredes con ventilador, a dormir hasta las cinco de la tarde. El último clásico finalizó con un empate técnico porque Javito se fue de manos con Víctor y llegaron los vecinos a espantar la muchedumbre y decretar el fin del fútbol en el barrio. El fin de la localía para los muchachos de camisetas rojas de escote en “v” y dueños del trofeo que se ponía como premio del duelo, como la efigie material de un honor con traje de Gulliver.
El sol ardía a las dos de la tarde. Los pibes saltaron el corralón de una cancha de papi y se mojaron el pelo en fila antes de entrar al potrero de tierra. El Rafa y sus secuaces llegaron en bicicletas y se amotinaron en el arco que daba a la calle sin decir ni “a”. De todas formas en el ambiente futbolero barrial o escolar era factible que existiera esa enemistad rabiosa, en la que sólo aparecía el diálogo para negociar la fecha y las condiciones del partido.
Pactaron Matías y Rafa en la mitad de la cancha un partido de una hora con un descanso de quince a los treinta minutos. Esteban vestido de rojo estaba con un cronómetro sentado en la banqueta de madera pegada al alambrado, y tenía los ojos endiablados de Oscar mirándolo con la desconfianza de un animal herido desde el banco de al lado.
La pelota movió y salpicó borbotones de tierra. El juego se ancló en la mitad del campo y prevaleció el estruendo seco que emitían las patadas por monopolizar el balón. Un mano a mano tuvo Javito que alcanzó a tocar el Rafa con la punta del guante para que golpeé en el palo con sonido metálico y se pierda en un lateral defensivo. El resto del partido fueron piernas fuertes trabando desde el piso y toques desafortunados que alejaban la pelota de los arcos.
Se cumplió la hora y quedaban los penales como la lotería democrática que designaría al acreedor del trofeo. Después no habría excusas para recuperarlo en el caso de perderlo, se había consensuado en que este partido fuera el “bueno”; el que resolvería la ecuación futbolística de quién era el mejor grado de la Escuela. “Después a llorar a la iglesia” dirían los ganadores con total autoridad y los perdedores tendrían que resignarse a caminar con la cabeza gacha y la garganta anudada con fuego por los pasillos del colegio cuando el reloj marcara la hora del canto a la bandera, y los victoriosos hagan gestos sarcásticos desde la fila india. Significaba demasiado perder ese desafío. Significaba perder el encanto de ser los héroes de las mejores mujeres del turno tarde, o por lo menos romper con esa fabula varonil que une amor con fútbol como eslabones férreos de una cadena.
- Que pateé primero Javito, yo voy segundo, después Jere, el Lope y Carlitos- con la voz carcomida por la agitación Matías le habló a sus compañeros sentados en el banco respirando por la boca al unísono.
- Acuérdense de patearle fuerte a una punta, nunca al medio porque siempre espera la pelota el Rafa-.
Jere se acomodó los tapones altos y habló decidido, como ya enfrente al arco en los doce pasos agónicos.
En diez minutos los rojos estaban festejando abrazados, pero el tiempo de resolución pareció de plomo. El equipo del Rafa desapareció con la velocidad de un relámpago y ni siquiera pudieron gritarle algo antes de que salten el corralón con la cara larga. Los de camisetas coloradas, acamparon en la cancha y saborearon una coca con la tranquilidad y algarabía de un soldado victorioso que vuelve a ver a su familia. Nadie lo decía pero el trofeo más gigante era simbólico, el ir el lunes a la escuela con el pecho inflado y mostrar la credencial de ganadores.
El tiempo se encargó de avanzar vertiginosamente y escaparse de esa siesta soleada futbolera de sábado. Javito se levantó cerca de las cuatro, y procedió con lentitud a arrancar hacia la carnicería. Agarró la bicicleta y pedaleó despacio esquivando un sol radiante que le quemaba la espalda. Hizo dos cuadras y se topó con la cancha: el corralón teñido de gris y los yuyos trepándose hasta la cima de esa muralla de material que escondía la cancha polvorienta.
Un silencio de velatorio dominaba las calles y ningún pie haciendo sonar la pelota. Javito, primero miró sin imprimirle atención al lugar, pero luego lo asaltó el recuerdo de aquella tarde de gloria y se dejó arrastrar por una sonrisa dulce que le coloreó la tarde. Se detuvo en las hojas ajadas del eucalipto y se acordó de aquellos compañeros de camisetas rojas que no veía desde hacía mucho tiempo. Pensó en Matías y deseó que estuviera cerca para compartir el recuerdo, y puedo asegurar que éste a centenares de kilómetros, salió al balcón y al descubrir la siesta; se acordó de él, de los otros, de la gloria de aquel día y de ese fútbol amistoso y apasionado que selló amistades que tienen un palco VIP en la memoria, aunque en otra siesta de cielo color celeste acuarela estén distantes y lejanos. Aunque el fútbol para ellos, (y para muchos) esté desnudo, solo y a la intemperie... sin fiesta ni tragedia.


(Mi agradecimiento a Matías Kraber por cederme este cuento)

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